Los castillos se construían en un punto geográfico elegido por su fácil defensa natural (en lo alto de un cerro, por ejemplo) y en un enclave significativo, definido por ejercer un control estratégico sobre el territorio (fuentes cercanas, importantes vías de comunicación, etc.), se excavaba una zanja perimetral alrededor del asentamiento. La tierra extraída, colocada inmediatamente junto al surco, había generado el ancestral sistema que combinaba foso y muro.

Conforme fue desarrollándose la tecnología a lo largo de la historia, las fortalezas fueron haciéndose más complejas. Durante la Edad Media los sistemas de amurallamiento vivieron su esplendor antes de la generalización del uso de la pólvora en la artillería. Las fortalezas medievales combinaban perfectamente dos elementos arquitectónicos imprescindibles en los grandes castillos: el muro y la torre.

La aparición de la pólvora en los campos de batalla, y su generalización en los territorios europeos hacia los años finales del siglo XV, cambió considerablemente un sistema defensivo usado durante centurias. El poder destructor de los proyectiles lanzados desde cañones llevó a los maestros constructores y a los ingenieros militares a reducir la altura de las murallas, ofreciendo así menor blanco a los artilleros, así como al engrosamiento de los muros para resistir mejor el impacto de las balas.

El fin de la arquitectura abaluartada vendría paralelo al desarrollo tecnológico que supusieron las revoluciones industriales del siglo XIX.