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La peste de 1648

El final

En la muralla púnica fueron enterradas víctimas

En la muralla púnica fueron enterradas víctimas

S. Roque ayuda a las víctimas [San Roque]
S. Roque ayuda a las víctimas
 
S. Juan de Dios curando a un enfermo[Iglesia de la Caridad Cartagena]
S. Juan de Dios curando a un enfermo


    El 16 de septiembre, siendo completa la salud en la población, se conviene levantar las rigurosas medidas adoptadas contra la epidemia mediante la aprobación de la siguiente acta del 22 de septiembre: "Que pues Dios ha sido servido de su Misericordia aplacando con las oraciones de los vecinos tanta peste, la salud de que tantos días ha se goza, conviene y es necesario mostrarse agradecidos con demostraciones públicas lo que encierra los corazones, acordaron que, el día de San Miguel de este año por la mañana, la Ciudad con su cabildo en pleno, en la forma que acostumbra, vaya a la Iglesia Mayor donde asista a la misa mayor, disponiéndose todos los caballeros, oficiales y ministros, para recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

    A la tarde, desde su cabildo, vuelva a la Iglesia en forma de Ciudad y acompañe a la procesión en hacimiento de gracias se tiene que hacer por las calles cantando el Te Deum Laudamus, la dicha iglesia y religiosos de la Ciudad por las calles y plazas acostumbradas hasta el convento de San Isidoro, para lo cual, los caballeros comisarios de fiestas, harán recado al Señor Vicario de la parte de la Ciudad suplicándoselo para que lo haga por bien y lo ordene para dicho día, convidando para él a todos los prelados de los conventos y disponiendo las dichas iglesias donde se ha de asistir y hacer las rogativas con la mayor decencia que se pueda, para lo cual se da comisión en forma y para que de cualquiera efectos, si algo fuere necesario gastar, lo gasten".

    Suplicaron los regidores al alcalde que mandará pregonar el acuerdo que ordenase limpiar todas las calles para el día de la fiesta y que, la víspera de ella, se gastaran seis arrobas de pólvora en salvas para anunciar a los moradores de la ciudad y del campo el grandioso acto religioso que había de celebrarse al día siguiente, en acción de gracias de gozar la ciudad de buena salud. Celebróse la solemne procesión, en la que afligía el ánimo presenciar aquel imponente desfile de gentes de todas clases sociales, llevando en sus rostros las huellas del hambre y, los más, la de la terrible enfermedad. El 1 de octubre, se recibe en el Concejo la merced que hace el Rey, para tomar de las rentas de las Alcabalas Reales 8.000 ducados para contrarrestar la miseria existente en la población y, el día 3, los prelados de los cinco conventos (San Leandro, Santo Domingo, San Diego, San Francisco y las Monjas de la Limpia y Pura  Concepción de María) suplican al Ayuntamiento se les dé de los ducados concedidos por S. M. cierta cantidad para reponer las camas, ropas y enseres que les fueron quemados para evitar el contagio de la peste. El Concejo dio a cada convento 500 reales.

    El 9 de octubre, se redobla la vigilancia de las Puertas de Murcia y San Ginés, se sitúan guardas en los portillos de las murallas fácilmente accesibles, prohibiendo la entrada en la población de todas clases de ropas, quemándolas a la vista de las personas que las trajeron y, por mediación del pregonero municipal, acompañado de un tambor y un alguacil, pregona por todas las calles altas y bajas de la población, la prohibición de hacer almoneda de ropas y enseres. El día 18, corren por la población insistentes noticias de que en Alicante estaba haciendo estragos la Peste, y el Ayuntamiento redobla la vigilancia, y el 30 se ocasiona gran alarma en el vecindario y autoridades al saber que, procedentes de Alicante, habían entrado en la población un grupo de soldados, huyendo de lapeste. Inmediatamente, fueron presos y recluidos en la Real Casa de Munición, donde, a los tres días, caen algunos enfermos con secas y calenturas. Visitados por el Doctor Chaves (quien había regresado a la ciudad una vez declarada la salud), éste informa al Sr. Alcalde que habían caído enfermos seis soldados con secas y calenturas y convenía tomar medidas urgentes para evitar, la propagación del mal en la ciudad. Reúnese el Cabildo y acuerda que todas las personas existentes en la Casa del Rey, sin exceptuar a nadie, sanos  y enfermos, sean trasladados a la Isla de Escombreras. Alrededor de este lazareto, se pusieron tres barcas con guardas armados, con la consigna de disparar sobre aquellos que, en barcas o tirándose al agua, intentaran fugarse de la isla. Se les estuvo facilitando víveres de todas clases, y el día 8 de diciembre, previa certificación médica de gozar buena salud, fueron extraídos de la isla, donde dejaron enterrados tres hombres y con la falta de otros dos, que se suponía haber muerto ahogados al pretender ganar a nado la costa.

    El día 2 de noviembre, de la Ciudad de Alicante recibe el Ayuntamiento la siguiente carta: Señores Ciudad de Cartagena: "Esta tarde han entrado en el puerto de esta ciudad ocho bajeles de alto bordo, y habiendo surgido en él, viendo que no venia la gente a tierra, ha ido un barco de esta Ciudad, y saltando en uno de ellos los hombres que iban en él, han visto son franceses, de que nos han hecho relación los que han dejado volverse, y al instante, les hemos hecho retirar con nuestra artillería y, en este punto que son las nueve de la noche, se han hecho a la vela y van de vuelta de poniente, y recelando que quieran hacer alguna facción en esa ciudad, sabiendo cuán desguarnecida está, nos ha parecido despachar este correo dando aviso a V. S. para que estén con el debido cuidado y, nos mande en cuanto se le ofrezca del servicio de V. S. y, Nuestro Señor le guarde muchos años con la que salud deseamos, dándole la enhorabuena de la que gozan y, juntamente avisarnos de la que Dios ha sido servido darnos por pensar el gusto que V. S. ha de tener de ello". Se escribe al Sr. Corregidor dándole noticias de la carta de Alicante. En la mañana del siguiente día, el tañido de la campana alarma al vecindario, que sube a las alturas del pueblo y ve ocho navíos, cruzando por detrás del islote de Escombreras. Todos los vecinos acuden a proveerse de armas ante el temor de ser atacada la ciudad, pero al otro día vuelve la calma, por haber desaparecido los barcos que produjeron la alarma.

    El día 12 se recibe la noticia de haber fallecido el Sr. Corregidor, Licenciado D. Fernando de Saavedra. Para dar cuenta de cómo hilaban los señores capitulares, relatamos lo ocurrido con un navío inglés que entra en el puerto el día 14, cargado de trigo, del cual el Ayuntamiento compra para el Pósito 1.500 fanegas. El día 23, se presenta al Alcalde D. Bernardo Salafranca y Zúñiga, regidor de Murcia, trayendo el encargo de aquella ciudad de comprar trigo del barco inglés. El Alcalde no sólo le da toda clase de facilidades para conservar la buena hermandad existente entre las dos ciudades, sino que pone a su disposición dos caballeros capitulares para agasajarlo, acompañarle y que mediaran con el capitán del navío para darle el trigo que pidiera. Resultaron infructuosas todas las gestiones hechas acerca del capitán, quien alega que el trigo que le queda va destinado a Génova, que es para donde está despachado. El Alcalde, ni corto ni perezoso, manda al barco una comisión de regidores con orden de quitarle las velas, las cuales no se devolverán hasta serle entregado a D. Bernardo Salafranca la cantidad de trigo que necesita para Murcia, porque la ciudad de Cartagena quiere demostrar en todas ocasiones su buena amistad con la de Murcia. Ante tan imperiosa amenaza, el capitán da el trigo, con la condición que el Ayuntamiento le de certificados de todo lo ocurrido para salvar su responsabilidad cuando llegue a Génova. El Ayuntamiento no tiene inconveniente en hacerlo, sin importarle gran cosa las consecuencias.

    El día 17 se pregona en toda la Ciudad la orden, a los dueños de casas donde hubo enfermos de la peste y a las que tienen desalquiladas, las limpien purifiquen quemando pólvora, romero, tomillo y enebro y otras plantas de buen olor, advirtiendo que, si no lo hacen lo hará la Justicia y pagará lo que se pida por ello. Hubo algunos vecinos que no lo hicieron, y el día 28 se repite el pregón, amenazando con multas, azotes y cárcel, a los que no hagan la purificación mandada. Todos la  hicieron, pero habiendo muchas casas sin dueños ni moradores, se manda abrirlas y quemarlas. El día 19 recibe el Ayuntamiento la noticia de que, de un momento a otro, debe llegar a la ciudad una comisión compuesta por dos médicos, un escribano y varios señores designados por el Consejo Real para reconocer las ciudades y darlas por limpias de todo contagio. El Ayuntamiento ordena que tengan preparado alojamiento para todos los componentes de dicha comisión. Este mismo día se dice en Cabildo, que, aproximándose el día en el cual se ha de celebrar la fiesta de la Purísima Concepción, se celebre con gran pompa y solemnidad, confesando y comulgando todos los  regidores y jurados, porque la salud que se gozaba era por la intercesión de la Santísima Virgen, después de tan riguroso contagio que por nuestros pecados se ha padecido en la ciudad por castigo de Dios Nuestro Señor; se acuerda también que los capitulares D. Antonio Calatayud y D. Diego Castañeda hagan una visita a la ermita de Santa  Lucía por haberse utilizado como hospital y vean lo que hace falta para arreglarla y componerla. También se utilizó para el mismo efecto el Hospital de Santa Ana y la sala del Archivo del Ayuntamiento, en cuya ocasión se perdieron muchos documentos, unos utilizados para hacer fuego con que calentar aguas y tisanas y otros robados. De estos últimos, pudieron recuperarse  algunos, gracias a las censuras dictadas por el Obispo de la Diócesis D. Francisco de Roxas Borja. Estas censuras no se dieron hasta el año 1683, es decir, 38 años después de la epidemia.

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