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Isidoro Máiquez

Monumento a Máiquez, Plaza San Francisco de Cartagena

Monumento a Máiquez, Plaza San Francisco de Cartagena

Libro de Alberto Colao sobre Máiquez

Libro de Alberto Colao sobre Máiquez

Detalle del Monumento a Máiquez en Cartagena [Cartagena_Isidoro Máiquez]
Detalle del Monumento a Máiquez en Cartagena
 
Cines Máiquez de Cartagena [Cartagena_Isidoro Máiquez]
Cines Máiquez de Cartagena
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Biografía de Isidoro Maiquez

Isidoro Patricio Maiquez Rabay, Cartagena, 17 de marzo de 1768-Granada, 18 de marzo de 1820

Una pasión teatral familiar

Un joven valenciano, cordonero de seda, emigró a la ciudad de Cartagena dispuesto a encontrar una forma de vida mejor. Isidoro Máiquez Tolosa, como se llamaba, conoció allí a la cartagenera Josefa Rabay, de raíces genovesas, y junto a ella formó un hogar en la calle Cuatro Santos de la ciudad.

El 17 de marzo de 1768 tendrían al que fuera el primero de sus tres hijos, Isidoro Máiquez, llamado a ser uno de los más grandes intérpretes de la escena española de todos los tiempos. Isidoro crecerá en Cartagena siendo sus padres los que se encargan de su educación en sus primeros años, pasando después a recibir las enseñanzas del maestro Ginés Franco.

Desde muy pequeño se despertó en Isidoro lo que fuera en un principio interés y más adelante pasión por el teatro. Su padre, enamorado de este arte, fue en un primer momento el principal responsable de la vocación de su hijo, inculcándole entusiasmo por la escena desde el punto de vista del espectador, y además de un modo activo. Isidoro concibió desde pequeño el sueño de llegar a ser un gran actor.

En el teatro con papá

Isidoro Máiquez Tolosa se integró en los ambientes teatrales de su época, en la Cartagena de la segunda mitad del XVIII. Los ambientes escénicos se encontraban en una situación de decadencia, con un reconocimiento escaso y desfavorable al empleo de actor, especialmente en España.

No obstante el padre de Isidoro se integró en el círculo formado por un cuadro de aficionados en Santa Lucía. También formó parte de un grupo que tenía su centro de reunión detrás del Convento de las Carmelitas. Inmiscuido en su afición de actor observó como la emoción que él sentía se trasladaba a su hijo, quien, primero con la lectura de obras teatrales y después con la memorización de textos y poesías, le demostró que él también había nacido para el teatro. El gran ímpetu y deseo de recitar los versos que aprendía condujo a su padre a llevarlo consigo en sus ensayos y actuaciones. Ante la vehemencia del pequeño Isidoro, pronto le permitiría intervenir con papeles cortos y sencillos con la intención de que fuera acostumbrándose a actuar delante de un público.

Desamparo en el seno familiar

La vida de la familia Máiquez se vio truncada al morir Josefa, dejando a su marido a cargo de sus tres hijos, Isidoro, José y Juan. El cabeza de familia cae entonces en un período de desolación y desorden que le lleva a abandonar su empleo para dedicarse únicamente a su vida teatral, uniéndose a una compañía cómica que actuaba en la Casa de Comedias.

En estos ambientes fue donde se desenvolvió el pequeño Máiquez, lector consumado de obras teatrales a las que accedía en la biblioteca de su padre o que conseguía por su cuenta. Esto le hizo formarse y soñar con lo que un día sería dentro del teatro español. De todas las lecturas que le envuelven serán las del genuino Shakespeare las que más le motiven y enseñen en esos años de inquietud.

Sin haber alcanzado aún fama ni consideración alguna, se convierte en marido de la conocida actriz Antonia Prado en los años 90 del XVIII. Algunos pensaron que más allá del enamoramiento de la joven pareja, a Máiquez pudo incentivarle la idea de encontrar la pareja perfecta para conseguir lo que pretendía alcanzar, pero el destino y el empeño del cartagenero le llevaron por otros derroteros.

La figura determinante de Talma

En la España del siglo XVIII el teatro español no gozaba de un reconocimiento considerable, no pasando de ser meros espectáculos de recreación, bailes, alborotos y máscaras. Máiquez, ya en su juventud irremediablemente absorto en el mundo teatral, deseaba que esa actitud que se desprendía del panorama escénico español mutara hacia una cultura teatral que dignificara el oficio de actor, consciente y convencido de que esto era posible.

Atraído por las fabulosas noticias que desde Francia llegaban sobre un actor llamado Talma, el joven Isidoro sintió la necesidad urgente de conocerlo. Este dramaturgo francés había conseguido adquirir una gran notoriedad a pesar de recibir muchas críticas por haberse desprendido de los modos tradicionales que habían estado marcando y condicionando las pautas teatrales.

Sin apenas dinero y sin tener casi nociones del idioma, marcha a París arriesgando prácticamente todo lo que tenía. Allí conocería al que se convirtió en uno de sus principales apoyos en la ciudad parisina, José Mª Carnerero, personaje que le ayudó a codearse con algunos de los actores de mayor renombre en el país galo, como Clauzel, Lafond, la Mars y la Duchesnois.

Pero ninguno de estos encuentros caló en el sentir de Máiquez del mismo modo en que lo hizo el gran Talma. Su capacidad escénica y el modo en el que transportaba a los espectadores hasta recónditos lugares, hicieron experimentar en el interior del actor cartagenero un cúmulo de sensaciones que le quedarían grabadas para siempre. La primera vez que le vio actuar Máiquez se desmoralizó pensando en la calidad y capacidad de este hombre, tanto en sus aptitudes como en sus posibilidades económicas, y qué lejos estaba él de alcanzar lo mismo.  

Persiguiendo un sueño

Esta situación le condujo a reflexionar y cavilar sobre cuáles eran las claves del maestro para de esta forma intentar potenciar su propio éxito. Talma contaba con mucho dinero para poder financiar sus representaciones, y esto fue lo que se propuso conseguir desde ese momento. Así, vendió sus libros, pidió dinero a su mujer, agotó la pensión que había recibido del ministro Godoy antes de su marcha a Francia, la que había cobrado de los fondos destinados a la vejez e incluso las ayudas de la condesa de Benavente.

Su estancia en París se prolongó dos años, durante los cuales recibió las clases y recomendaciones de Talma, y al escuchar a éste decirle 'eres mejor Otelo que yo mismo', decidió que el momento de regresar a casa había llegado. Un consejo del francés le acompañaría desde ese momento: 'deja que tu genio domine todas las técnicas. No se aprende la genialidad'.

Y fue precisamente genialidad lo que de alguna forma se forjó en el interior de Isidoro Máiquez durante su estancia en Francia que todo el mundo pudo contemplar y admirar a su vuelta. Ya en Madrid se incorporó a las filas de la compañía Los Caños del Peral. Era bastante modesta, pero al renovado Máiquez le era suficiente para poder demostrar todo lo que había ido interiorizando durante su relación con Talma. Pronto se ganó el fascinado aplauso de un público que le consagraría hasta ocupar un puesto privilegiado entre todos los actores españoles de su tiempo, reconocimiento que perduró en el transcurso de los años.

Fueron también muchos los elogios de grandes personajes de la época como su gran amigo Goya o el trágico inglés Kemble, quien dijo de él que era el mejor actor que había visto nunca.

Tiempo de renovación para la escena española

Máiquez se convirtió así en uno de los mejores discípulos de Talma, quien desde siempre había percibido en él un enorme potencial para la interpretación.

El triunfo de Máiquez y por el que pasaría a la historia fue por la aplicación de esa especial forma de sentir y entender el universo teatral, de pronunciar los versos con registros de voz insospechados, de buscar la complicidad del movimiento en cada paso en el escenario. Con calma, con pausa, con una emoción contenida, Isidoro Máiquez llegó a tocar con las manos la sensibilidad de los que acudían a deleitarse, a sufrir, a llorar, a reír con él y por él, insinuando, diciendo, gritando, susurrando cada verso y cada palabra.

En 1819 llegó a Granada en compañía de su hija y su salud era lamentable. Entró en un estado de locura transitoria; pensaba que todos conspiraban contra su vida. Recobró la cordura, y a los pocos días, falleció sentado en su lecho a la edad de 52 años. Era el 18 de marzo de 1820.

Máiquez murió sin rivales ni discípulos, y se llevó a la tumba el secreto de su arte.

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