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Seda. Historias pendientes de un hilo. Murcia, siglos X al XXI

La seda en los siglos XIX y XX

La creación de la estación sericícola

Primera sede de la Estación Sericícola en la carretera del Palmar Archivo fotográfico Felipe González Marín

Primera sede de la Estación Sericícola en la carretera del Palmar Archivo fotográfico Felipe González Marín

Huertanos secando capullos Archivo General de la Región de Murcia

Huertanos secando capullos. Archivo General de la Región de Murcia

Estación Sericícola de Murcia en los años veinte Archivo fotográfico Felipe González Marín

Estación Sericícola de Murcia en los años veinte Archivo fotográfico Felipe González Marín

Estación Sericícola de Murcia en los años veinte Archivo fotográfico Felipe González Marín

Estación Sericícola de Murcia en los años veinte Archivo fotográfico Felipe González Marín

Desembojando Archivo General de la Región de Murcia

Desembojando Archivo General de la Región de Murcia

Detalle de crianza. Archivo fotográfico Felipe González Marín

Detalle de crianza .Archivo fotográfico Felipe González Marín

Fábrica de torcido de seda. Archivo fotográfico Felipe González Marín

Fábrica de torcido de seda. Archivo fotográfico Felipe González Marín

Crianza del gusano en andanas con aparatos de control medioambiental facilitados por la Estación Serícicola. Archivo fotográfico Felipe González Marín

Crianza del gusano en andanas con aparatos de control medioambiental facilitados por la Estación Serícicola. Archivo fotográfico Felipe González Marín

 

En el último tercio del siglo XIX, junto al déficit tecnológico de la industria sedera murciana, se puede apreciar una falta de formación del huertano criador de gusano, que sigue apegado a sus prácticas arcaicas y rudimentarias y que es incapaz de asimilar las nuevas técnicas de producción. La crisis de las epidemias de mitad de siglo, había puesto de manifiesto la importancia de prevenir las enfermedades siguiendo los métodos que había difundido Pasteur.

En 1891, la dirección de Agricultura, Industria y Comercio encargó al ingeniero Vicente Sanjuán la elaboración de un proyecto para la instalación de una Estación Sericícola en Murcia, siguiendo el modelo de las existentes en Italia, para lo cual el ingeniero viajó a ese país a conocer de primera mano diversas estaciones, donde se aplicaba el método Pasteur para prevención de enfermedades contagiosas. Fruto de sus viajes y estudios, elaboró para la Dirección General un detallado informe y la memoria de un proyecto para la instalación de una estación sericícola en Murcia.

A la luz de los datos aportados en la memoria, y con el fin de evitar enfermedades y fomentar la renovación y modernización de la industria sedera, se creó en Murcia, por Real Orden del 3 de mayo de 1892, la Estación Sericícola. En un primer momento, fue modestamente instalada en unos terrenos arrendados por la Excelentísima Diputación de Murcia en la carretera del Palmar, siendo su director hasta el año 1900 Vicente Sanjuán, el ingeniero que se había encargado de la redacción del proyecto. Esta institución se encargaría de dar mayor preparación técnica y científica tanto para el cultivo de la morera, con la introducción de nuevas especies y técnicas, como para la cría del gusano e industria de la seda. Además, iniciaría una intensa labor de divulgación por toda la huerta de Murcia con charlas y publicaciones sencillas, a base de folletos y cartillas de agricultor, para intentar concienciar al criador de la necesidad de adoptar las nuevas medidas para evitar la proliferación de enfermedades.

Siguiendo los métodos difundidos por Pasteur, había que llevar a cabo unas prácticas de crianza no demasiado complejas, pero que no siempre eran fáciles de asimilar por el criador, acostumbrado a unas rutinas muy distintas desde hacía siglos.

En los primeros ocho años, la actividad de la Estación Sericícola no recibió el empuje que la situación requería, pero sobre todo a partir de 1900, siendo directores los agrónomos Emiliano López Peñafiel (1900- 1910) y Adolfo Virgili Vidiella (1910-1922), la Estación tuvo una frenética actividad. Se realizaron crianzas experimentales de gusano de seda importados desde otros países, encontrando razas con excelentes propiedades que se distribuyeron de forma gratuita entre sederos de toda España. Se adquirieron microscopios para analizar las mariposas hembras destinadas a la obtención de semilla para prevenir la enfermedad de la pebrina. Los análisis se realizaban entre los meses de julio y agosto y se iniciaron cursos prácticos a los cosecheros para la identificación de las mariposas infectadas. Para evitar que los agricultores tuvieran que vender el capullo antes de que nacieran las mariposas, con la posibilidad de inutilizar el hilo, se instaló en la Estación un ahogadero de vapor de agua y posteriormente dos ahogaderos de aire caliente sistema Pellegrino. En estos años, también se instalaron varios ahogaderos secantes o de aire caliente en la capital, como el de la calle de Ronda de Garay1 (Gónzalez, 2001, pp. 157 y 168).

Otra de las medidas adoptadas fue la difusión de incubadoras entre los criadores, para la avivación de la simiente, agilizaba el proceso ya que los capullos tenían que estar bien desecados antes de pesarlos para venderlos. intentando evitar la costumbre de avivar las semillas bajo las camas o al sol, porque los cambios tan radicales de temperatura, influían negativamente en las crianzas. Para ello, se prestaban e incluso se vendían estos aparatos. Además, se instaló una incubadora de grandes dimensiones en la Estación con una capacidad para 120 onzas (González 2001, p. 124) cuyo uso se ofrecía a los sederos murcianos para la avivación.

En estos años, también se crearon escuelas prácticas de sericicultura, instaladas en los domicilios de los agricultores que habían mostrado cierto interés y que se convertían, de esta forma, en patronos, una especie de maestros que de forma práctica enseñaban los modelos de crianza utilizados desde la sericícola. Entre 1911 y 1913 se crearon un total de treinta y nueve escuelas en diversas provincias españolas (Alicante, Burgos, Cáceres, Huesca, Lérida, Santander, Sevilla, Vizcaya, Zamora, Albacete, Cádiz, Guadalajara, Valladolid y Zaragoza) a las que distribuyeron de forma gratuita plantas de morera y semillas (Ibidem, p. 126). También se formó a un gran número de obreros sericícolas, que se desplazaban a las escuelas, difundían información práctica para las crianzas, e inspeccionaban el estado de las incubadoras, asegurándose de su correcto funcionamiento.

La introducción de nuevas técnicas, una política mercantil más adecuada y la propia coyuntura del mercado mundial de la seda, produjeron en el primer cuarto del siglo XX una nueva fase de crecimiento para la seda murciana, que prácticamente se había convertido en el último centro productor de toda la Península. A ello contribuyó la importante labor desarrollada por la Estación y la adopción de una serie de medidas encaminadas a la protección de la cada vez menor producción nacional de seda. Por Real Orden de 16 de mayo de 1913 se prohíbe la importación de simiente francesa que careciese del precinto oficial de comprobación, para evitar la entrada en España de simiente de mala calidad. Dos años más tarde, la Ley de protección sedera del año 1915 y las numerosas disposiciones oficiales que la acompañaron, beneficiaban a los productores, creando premios y retribuciones especiales para cosecheros e hiladores.

Para evitar fraudes, las leyes protectoras de 1913 y 1915, preveían además la intervención de los técnicos de la Estación Sericícola en la compra de capullo por parte de almacenes y ahogaderos particulares, por lo que los interventores de la Dirección General de Agricultura realizaban tareas de inspección.

La normativa también preveía la inscripción de la simiente para evitar estafas y verificar la crianza, habiendo de registrar la cantidad de gramos de semilla y marca de la misma. Entre los beneficios de estas leyes, había un premio de 0, 50 pesetas por kilo de capullo de seda que se obtuviese de la cosecha y poco después, la Dirección General de Agricultura también otorgaba premios a los hiladores.

Se produjeron grandes ganancias y la producción del capullo alcanzó en 1916 más de 800 toneladas, destacando las fábricas de Juan, Mariano y Gregorio Montesinos, La Merced, José Meseguer, Lombard Frères, Bautista Santafé y los ahogaderos de San Isidro, Torre de Romo y de la Estación Sericícola. También aumentó la producción de seda hilada y se pasó de 190 pérgolas mecánicas en 1907 a 305 en 1925 (Martínez Carrión, 2002, p. 420).

La Fábrica Grande, en el antiguo convento de Capuchinos en la Puerta de Castilla, era la más destacada. Fundada en 1868, pertenecía a la compañía francesa Palluat, Combier y Testenoire.

Desde comienzos del siglo XX, contaba con un departamento para ahogado de capullo con capacidad para ahogar 200 tn de capullo en varias semanas y otro con cuatro talleres de hilatura, 86 perolas de hilar que daban empleo a 500 trabajadores cada año, con una capacidad de hilado en 1925 de hasta 350 tn de capullo. La otra fábrica, denominada Pequeña o Nueva, también francesa, venía funcionando desde 1870 y en 1925 llegó a tener una capacidad de hilado de 200 tn llegando a emplear a 300 operarios (Martínez Carrión, 2002, p. 420)

Una vez concluido el contrato de arrendamiento de la diputación Provincial con los dueños de los terrenos y locales ubicados en la carretera del Palmar, la Estación Sericícola se trasladó a la Alberca de las Torres en junio de 1912, a unos terrenos propiedad de la señora condesa de Alcubierre y Marquesa de Espinardo, adquiridos por la Excelentísima Diputación Provincial en diciembre de 1911, y cedidos al Estado en 1925. La nueva finca tenía una superficie de 11 Ha, donde fueron plantadas unas 50.000 moreras. En las nuevas instalaciones, además de las oficinas y viviendas de los ingenieros y director de la Estación, se construyó un local para las crianzas y un ahogadero de vapor de agua, se creó una escuela de capataces y obreros y se instaló una cámara frigorífica con tres cámaras subterráneas y antecámara para conservar las simientes en los meses previos a su avivación.

Como instalaciones adyacentes, se pusieron en marcha viveros, cochiqueras y parques de aves de corral.

En 1919, se creó, por R.O de 15 de septiembre, la escuela de capataces agrícolas con formación específica en agronomía, ganadería y sericicultura y por R. O. de 14 de julio de 1920, la Escuela de enseñanza media y de Peritos agrícolas. Estos centros formativos no tuvieron mucho éxito porque los alumnos debían desplazarse desde la capital y fueron suprimidos en 1924. La Estación siguió con su actividad y en el año 1924 pasó a ser denominada Estación Superior de Sericicultura y de industrias zoógenas.

En esta época, Murcia ocupaba la primera posición, tanto en número de onzas avivadas y toneladas de capullos recolectadas como en el de sederos, con un porcentaje cercano al 70% del total nacional. En la década de los veinte, se avivaban 20.000 onzas de semilla y había unas 10.000 familias que se dedicaban estacionalmente a esta actividad (Baleriola, 1926).

En 1925, los directores de las estaciones sericícolas existentes en España (Alcira, Almería, Barcelona y Puerto de Santa María) se reúnen en la Estación Superior de Sericicultura radicada en Murcia con el objetivo de estudiar y proponer medidas más eficaces para favorecer la industria sedera nacional, que había tenido un notorio crecimiento en nuestra región.

Pero la llegada de las denominadas sedas artificiales y la crisis del 29, que conmocionó el mercado internacional, fueron circunstancias especialmente adversas para las sedas europeas.

Tras el cierre de los mercados norteamericanos, Japón desvió hacia Europa su enorme producción de seda hilada por debajo del propio coste de producción, lo que llevó a la ruina a los productores europeos. Lo mismo pasó con la hijuela, que sucumbió tras la invasión de las sedas artificiales de origen oriental. Como consecuencia, la producción de capullo pasó de 1.189.000 kilógramos en 1925, a 367.000 kg en 1934, 405.000 kg en 1935 y a 471.000 kg en 1936 (González, 2001, p. 308).

Con la finalidad de proteger la industria, el Estado creó diversos organismos, como el Instituto de Fomento de la Sericicultura Nacional, con sede en Murcia desde 1934 y dependiente del Ministerio de Agricultura. Su principal función era la defensa de la industria sedera, evitando el fraude originado por la confusión introducida en el mercado por otros textiles, asignando a la seda pura un distintivo de calidad. Asimismo, fijó un plazo para dar nombre específico de “rayón” al textil conocido anteriormente como el nombre impropio de seda artificial. En el año 1935, la Estación Sericícola pasó a denominarse Estación de Sericultura e Industrias Rurales de Murcia y estaba integrada por las estaciones sericícola, pimentonera y naranjera. En la Guerra Civil española la producción se redujo enormemente siendo en 1937 de 251.000 kg, 190.000 kg en 1938 y en 1939 de 125.000 kg.

Tras la guerra, la seda se benefició de los planes proteccionistas del nuevo régimen político, que fomentaba la producción del capullo de seda. En 1941 se creó el Servicio de Sericicultura, dependiente del Instituto de Fomento de la Producción de Fibras Textiles, con el carácter de organismo autónomo. Para mejorar la calidad de las simientes empleadas, se crearon los llamados “Cotos de semillación” ubicados en lugares menos cálidos y húmedos que la huerta de Murcia como eran Letur, Elche de la Sierra o la alpujarra granadina y almeriense. En 1949, se creó la Estación de semillación de Bullas, lugar que, por su situación, se creía más idóneo. Los terrenos de regadío fueron cedidos de forma gratuita por el ayuntamiento de Bullas y la estación fue dotada de todos los adelantos técnicos conocidos para realizar una buena semillación y efectuar ensayos con nuevas razas.

Todas estas medidas incentivaron el cultivo de la morera y se produjo una fuerte recuperación, pero, aunque la producción del capullo aumentó, se quedó muy lejos de alcanzar los objetivos iniciales. En los cincuenta, existían varios ahogaderos en Murcia: el ahogadero secante propiedad de la Estación Sericícola situado en Ronda de Garay; la Fábrica Grande la Seda, propiedad de la empresa “Sedas de Orihuela” ubicado en San Antón; la Fábrica Nueva, propiedad de L. Payen S.A en el actual parque de la Seda del barrio de San Antón y el ahogadero del catalán, propietario de la empresa Lombard S. A, en el Raal. Los técnicos de la Sericícola procedían a la compra de cosecha a nombre del Estado, que se realizaba en instalaciones anejas a los ahogaderos. Una vez comprado el producto por el Estado, se procedía al reparto entre las hilaturas colaboradoras, Sedas Orihuela S.A, Lombard S. A y L. Payen y Cía s. A, que hilaban y vendían a las fábricas de tejido. Con las ganancias obtenidas en la venta, las hilaturas devolvían al Estado el importe del capullo que previamente este había comprado a los cosecheros. Pero a pesar del proteccionismo ejercido por el Estado, el principal problema de la producción eran los precios del mercado internacional por el monopolio de las sedas de origen japonés. De 97 tn de seda hilada entre 1923- 1926, se pasó a una producción de 41 tn entre 1931 y 1933, 35 tn en 1945, 21 tn en 1951- 1952 y 15 tn en 1959 (Martínez Carrión, 2002, p. 469).

La Estación Sericícola continuó su labor de experimentación con la introducción de nuevas variedades de moreras procedentes de Japón de gran calidad y con la difusión de conocimientos y buenas prácticas a los agricultores de Murcia y otras regiones españolas. En 1967 desaparece el Instituto Nacional para el Fomento de las Fibras Textiles, y en 1974, el Estado deja de intervenir para fijar los precios de la seda hilada. La competencia externa y la desaparición de las subvenciones estatales son las últimas causas del fin de una actividad que había tenido durante siglos un importante protagonismo en Murcia.

La finca donde estuvo instalada la Estación Sericícola hasta 1976, es actualmente la sede del Instituto Murciano de Investigación y Desarrollo Agrario y Alimentario, dependiente de la Consejería de Agricultura y Agua de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia.

En la década de los setenta y los ochenta del siglo pasado, la peña de la Seda, ubicada en la Alberca, desarrolló un gran trabajo de conservación de las costumbres sederas que tan arraigadas habían estado en nuestra región, cumpliendo una importante labor de difusión y conservación de nuestro patrimonio cultural. Una imagen que hoy sigue siendo muy familiar para todos los murcianos es encontrar moreras repartidas por calles y jardines de la ciudad, de la misma forma que todavía sigue siendo práctica habitual el reparto de gusanos de seda entre escolares.

 


 

(1) Los ahogaderos secantes tenían la ventaja de ahogar y secar al mismo tiempo. Eso agilizaba el proceso ya que los capullos tenían que estar bien desecados antes de pesarlos para venderlos.

 

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