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La obra de Pedro Cano

Paso de la Verónica. Paño de Pedro Cano.

Paso de la Verónica. Paño de Pedro Cano.
Pedro Cano

Historia de una pintura


    Pedro Cano vino a Murcia. Presenció la salida de la procesión el Viernes Santo de 2000, desde dentro de la privativa iglesia de los Nazarenos. Se extasió de la belleza incomparable de las tallas salzillescas. Comprobó el esfuerzo estraordinario de los estantes para sacar los pasos por la estrechez de la puerta. Contempló la obra cumbre de la imaginería barroca bajo los rayos de un sol de amanecida en la jornada de la primavera. Le deslumbró la belleza clásica de la Verónica y en su mente comenzó a fraguarse cómo sería ese paño que la piadosa jerosolomita llevaría en sus manos un año después.

    El pintor, pasado el tiempo, estuvo horas y días en la soledad de la iglesia museo tomando apuntes en su cuaderno de campo. Mil y un bocetos inspirados siempre en los rostros de Cristo que esculpiera Salzillo. Unos ojos, una boca, un mechón de cabellos... Y el silencio acompañando al artista en su creación más inspirada.

    Después y ya en su estudio de Blanca, Pedro Cano, libró la batalla definitiva sobre el lino auténtico que había buscado para ser el soporte de su pintura. Siempre lo tuvo claro el artista, tenía que ser un trozo de lino, desnudo, sin puntillas ni aderezos, un trozo de paño como el que llevara aquella mujer en la amarga mañana del Calvario cuando salió al encuentro del Nazareno y compadecida por su sufrimiento desafió el poder de los soldados y le enjugó el rostro con aquel paño que, a buen seguro, llevaría en sus manos para las faenas del hogar.

    Pedro Cano se fijó una y mil veces en aquellos cristos de Salzillo, pero también buscó a Jesús entre los que nos rodean. Los que sufren, los que lloran, los que no tienen techo, los olvidados de la sociedad.

    Y así, tras la intensa búsqueda de Jesús, el pintor encontró lo que desde hoy Murcia admirará en las manos de la mujer Verónica, la Santa Faz de Cristo que, como hace dos mil años, sale a nuestro encuentro en cualquier esquina o recodo del camino suplicando con su intenso sufrimiento que uno de nosotros le enjugue el rostro dolorido.

Fuente: Alberto Castillo, Historia de una pintura. El paño de la Verónica, Consejería de Turismo y Cultura, 2001.

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