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Los últimos romanos de Cartagena

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Concilio

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El obispo Liciniano

    Como no podría ser menos en una época dominada por la religión y la espiritualidad, la principal figura de la Cartagena bizantina es un líder religioso, el obispo Liciniano. Es poco lo que conocemos de él. Isidoro de Sevilla nos ha dejado una somera semblanza: ''Liciniano, obispo de Cartagena Espartaria, erudito en las Escrituras, de quien hemos leído muchas cartas, últimamente una sobre el sacramento del bautismo, y otras muchas diri-gidas al abad Eutropio, que después fue obispo de Valencia. El resto de sus obras y trabajos no han llegado a nuestras manos. Se dio a conocer en los tiempos del emperador Mauricio.  Murió en Constantinopla, envenenado, se dice, por sus rivales.'' Isidoro de Sevilla ''De Viris Illustribus'' 60

    De la abundante obra de la que nos habla el obispo sevillano sólo conservamos cuatro cartas, en la que se nos muestra como un pastor sólido e respetado, con grandes conocimientos patrísticos, dentro de la tradición agustiniana de la época. Sus contactos fueron amplios e importantes. Mantuvo relaciones estrechas tanto con Leandro de Sevilla, con el que trató en Cartagena a la vuelta del sevillano de su viaje a Constantinopla, como con el papa Gregorio I, al que muy probablemente conocía personalmente. De hecho Gregorio le envió un ejemplar de una de sus obras, la Regula Pastoralis, señal inequívoca de la estima del papa. Ésto ha hecho que se haya pensado, con bastante verosimilitud, que estuvo en Constantinopla, y que allí coincidió tanto con Leandro como con Gregorio hacia 580-585. Además mantuvo relaciones epistolares con Severo de Málaga, compañero suyo en el monacato, y con Eutropio de Valencia.

    Esto puede hacer pensar en que su monasterio de origen pudo ser el famoso monasterio Servitano. Fue fundado por Donato, un abad africano que trasladó su propio monasterio a España, tanto los monjes como la biblioteca, hacia 572, huyendo de la violencia de las razzias bereberes. Ese monasterio, que no sabemos donde se estableció, se convirtió pronto en un centro clave de la Iglesia católica hispana, sin duda por su alto nivel cultural y teológico. De hecho el sucesor de Donato, Eutropio, tuvo, junto a Leandro de Sevilla, un papel clave en la conversión del rey visigodo Recaredo al catolicismo en 588-589. Las estrechas relaciones que Liciniano tuvo con el abad Eutropio, que fue luego obispo de Valencia, son un indicio de una relación directa con el monasterio Servitano, lo que permitiría explicar el elevado nivel teológico mostrado por el obispo cartagenero.

    Podríamos así trazar una hipotética biografía de Liciniano. Monje de origen africano, trasladado en su juventud a España, se educaría en el monasterio Servitano hasta que hacia 580 viaja a Constantinopla, quizás exiliado durante el conflicto provocado por la rebelión de Hermenegildo contra su padre Leovigildo y la subsiguiente represión anticatólica, un caso parecido al de otros personajes como Leandro de Sevilla, Masona de Mérida o Juan de Biclaro. Al regreso a España, posiblemente en torno a 586, una vez muerto Leovigildo, su prestigio le permitiría acceder al obispado de Cartagena, quizás en 588, como su compañero de monasterio Severo lo hizo al de Málaga. Como obispo de Cartagena pasaría a ocupar una posición de  metropolitano, como demuestra la carta del obispo de Ibiza. La respuesta de Liciniano se nos ha conservado y su tono demuestra con claridad una posición de primacía del obispo cartagenero.

La diócesis de Cartagena: límites ambíguos

    Debemos pensar que en estos años Cartagena estaba integrada dentro de la Iglesia española, fuera de los conflictos políticos del momento. Las cartas de Liciniano a Eutropio, cuyo monasterio estaba en territorio de soberanía visigoda, y el conocimiento que tenía Isidoro de sus obras, parecen demostrar que la provincia eclesiástica trascendía las fronteras políticas, en un momento en el que la situación no estaba todavía bien definida. De hecho, Liciniano forma parte de una oleada de monjes promocionados al obispado -Leandro de Sevilla, Severo de Málaga, Eutropio de Valencia, Juan de Gerona-, que demuestra el prestigio que entre la sociedad cristiana estaba alcanzando el monacato, y que parece afectar a toda España, tanto el área visigoda como la imperial.

    No hay duda de que Liciniano como obispo tenía su cátedra en una basílica de la ciudad, pero hasta ahora no se ha encontrado ninguna traza de ella. Durante algún tiempo se pensó que estaría situada bajo la posterior iglesia parroquial de la Asunción, Santa María la Vieja, pero los restos hallados por Sanmartín en 1958, que fueron tomados como las ruinas de una construcción de época bizantina, quizás la basílica, han sido definitivamente fechados, tras las últimas excavaciones, como de finales del siglo XIII.

    La presencia de lápidas funerarias bizantinas en la zona hace pensar que la basílica no debe estar lejos, al pie de la colina, pero esto no deja de ser una hipótesis. No hay, igualmente resto o noticia alguna sobre la existencia de un monasterio. Las quejas de Liciniano a Gregorio sobre la falta de clérigos preparados indica la inexistencia de una escuela conventual. La única imagen que podemos atisbar de vida monacal es la posibilidad muy fundada de que el monasterio de San Ginés de la Jara tenga su origen en un cenobio preislámico.

Cartagena: capital de la provincia (bizantina)

    La conversión de Cartagena en capital provincial, con la llegada del magister militum Comitiolo, tuvo que crear una cierta expectación en el mundo eclesial de la ciudad. Las autoridades bizantinas eran católicas, pero su política religiosa ofrecía puntos de fricción con la iglesia occidental. La consolidación del dominio territorial bizantino amenazaba asimismo con dividir a la Iglesia española como resultado del enfrentamiento entre bizantinos y visigodos. La desconfianza ante los recién llegados, que pronto dominarían la vida de la ciudad, tuvo que ser patente. De hecho, la situación religiosa era tensa.

    La población hispana, como toda la cristiandad occidental, permanecía fiel a la doctrina papal, la ortodoxia calcedoniana, mientras que el Imperio seguía los principios del concilio de Constantinopla. Éste sínodo, que no era reconocido por la Iglesia occidental, fue reunido por orden de Justiniano para condenar los tres Capítulos y el nestorianismo para tratar de atraerse a los rebeldes monofisitas. Esas controversias teológicas nos pueden parecer, hoy en día, poco significativas, pero para los contemporáneos revestía una importancia capital. De 619 conocemos una controversia entre Isidoro de Sevilla y un obispo desconocido, de origen sirio y muy probablemente relacionado con los territorios bizantinos, y que es presentado como monofisita. Precisamente en la década de los noventa del siglo VI se produjo un recrudecimiento del conflicto entre el papa, Gregorio I, y el emperador, Mauricio. Esto tuvo que repercutir, necesariamente, en la situación en Cartagena. De hecho, Gregorio comenzó por esos años a acercarse diplomáticamente a la corte visigoda, incitándola a resistirse a los intereses imperiales.

Política y religión, binomio constante

    Esta tensión oriente-occidente terminó por provocar un importante conflicto interno en la organización eclesial de la provincia bizantina. No conocemos la fecha con seguridad, pero hacia 595-600 Liciniano tuvo que exiliarse a Constantinopla en un contexto no bien conocido, pero sin duda relacionado con un conflicto con Comitiolo, el magister militum bizantino. Allí encontró la muerte, en condiciones oscuras que Isidoro de Sevilla presenta como un complot que terminó en su asesinato por parte de sus propios acompañantes. Los cronicones del siglo XVI sitúan su muerte en 598.

    Pocos años después una carta de Gregorio I, fechada en 603, nos muestra una situación de grave crisis. En esa carta el papa da instrucciones a su enviado, Juan, sobre como debe enfrentarse a la situación provocada por las autoridades imperiales en el territorio que controlaban en España. Así sabemos que en los años anteriores Comitiolo había presionado para conseguir la deposición de Januario, el obispo de Málaga, y de Esteban, obispo de sede desconocida, tras un concilio provincial celebrado con gran probabilidad en Cartagena, que les acusó de comportamiento impropio.

    Es muy sugerente la posibilidad de que Comitiolo estuviera llevando a cabo una revolución en la estructura episcopal de la zona, imponiendo sus propios candidatos en un momento de intenso enfrentamiento religioso. Estaría así organizando una nueva provincia eclesiástica en los territorios bajo su dominio, segregándola de las provincias tradicionales hispanas. Ésto produjo, obviamente, una importante resistencia, tanto por cuestiones teológicas como por las tradicionales fidelidades territoriales a las provincias hispalense y cartaginense. Caben pocas dudas de que esa fue la causa que explica la partida de Liciniano a Constantinopla, para protestar en la corte por el comportamiento de Comitiolo.

La sede episcopal se traslada

    Eso explicaría también el alcance de la crisis, que afectó a tres obispados, quizás la mayoría de los de la zona. Las consecuencias a largo plazo serían muy graves. No sabemos hasta qué punto la intervención de Gregorio I pudo solucionar el conflicto, o si sus deseos de restaurar a los antiguos obispos y condenar a Comitiolo y los obispos ''usurpadores'' se cumplieron. Lo que sí conocemos es la respuesta que a la crisis se dio desde la iglesia hispanovisigoda.

    En esa época, entre 595 y 605, se produjo una importante reestructuración del mapa de los obispados visigodos de la frontera, con la aparición de nuevas sedes: Medina Sidonia, quizás con territorios del obispado de Málaga, aunque no podemos estar completamente seguros, Elo, lugar cercano a la actual Hellín, con territorios del obispado de Elche, y Begastri, cerca de Cehegín, con territorios de Cartagena. Pocas dudas caben de que estos nombramientos reflejan una radical negativa al reconocimiento de las sedes de territorio bizantino, causada por la crisis debida a la intervención de Comitiolo.

    La Iglesia visigoda llegó así a la medida extrema de sustituir las antiguas sedes por otras nuevas, que regirían desde entonces los territorios bajo soberanía goda segregados de sus sedes tradicionales. Más adelante, en época de Sisebuto, la reconquista de Málaga propició el reconocimiento de la sede episcopal dentro de la provincia de Sevilla, aunque manteniendo el obispado de Medina Sidonia. Elche terminó recuperando su sede a mediados del siglo VII, a costa de Elo. Por el contrario Cartagena nunca recobraría su obispo, que se mantendría en Begastri durante todo el periodo visigodo.

El ascenso de la sede de Toledo

    Pero más importante aun que esta reestructuración de los territorios episcopales fue la medida de reunificar la Cartaginense, dividida desde el siglo V. Mucho se ha escrito sobre el Decreto de Gundemaro de 610, y aunque todavía no estamos en condiciones de estar seguros sobre la fecha de su redacción, sí expresa con claridad la decisión, tomada a principios del siglo VII, de unificar la provincia Cartaginense bajo el dominio del obispo metropolitano de Toledo.

    Desde el siglo V la provincia se había dividido entre la Cartaginense propiamente dicha, con metrópoli en Cartagena, y la llamada Carpetania, regida desde Toledo. El rechazo visigodo a los obispos de los territorios bizantinos llevó consigo la cuestión de cómo reorganizar los obispados que hasta entonces habían sido regidos desde la sede metropolitana cartagenera. La opción de la absorción era la más obvia. Por un lado no existía ninguna otra sede en el territorio para retomar el papel tradicional de Cartagena. Por otro, el prestigio de Toledo como urbs regia, como sede de la corte visigoda iba en ascenso. Además, la decisión podía ser presentada, incluso retorciendo la realidad, como una vuelta a la unidad de tiempos antiguos de la provincia:

Aquello que hace algún tiempo en el sínodo general del concilio de Toledo [año 589] fue suscrito por el venerable obispo Eufemio, que Toledo es la capital de la provincia Carpetana, lo corregimos nosotros como causado por la ignorancia, sabiendo sin duda que la región de Carpetania no es una provincia propia, sino parte de la provincia Cartaginense, como podemos leer en los escritos y actas antiguas.

Lo cual es cierto para los siglos III y IV, pero opuesto a la realidad vivida en el siglo VI, cuando existían dos provincias. Pero eso da un tono de autoridad histórica al pronunciamiento fundamental del Decreto: ''... manifestamos que corresponde al obispo de la sede de la iglesia toledana el honor del primado en todas las iglesias de la provincia cartaginense, conforme a la antigua autoridad sinodal de los concilios''.

Para Cartagena esto significó el final de su posición dentro del mapa eclesiástico hispano.

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