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Málaga en Flamenco

Paco Vargas
Paco Vargas

LA HORA DE LA REFLEXIÓN

    Mi decidida apuesta, de manera incondicional y desde el principio, por este Festival y el seguimiento que he hecho del mismo me avalan para alabar lo que ha tenido de bueno, pero también para criticar lo que bajo mi punto de vista no ha estado bien por ser manifiestamente mejorable, pues de todo ha habido. Mi condición de independiente y mi lejanía de los que torean en todas las plazas, sin importarles qué sombra les cobija, me impiden callar y unirme al adocenamiento de unos medios de comunicación locales que, salvo honrosas excepciones, se han limitado a contarnos lo que ya habíamos visto o conocíamos a través de los programas que, dicho sea de paso, tampoco es que fueran muy fiables pues en más de una ocasión confundían más que informaban, debido quizá a ese atropellamiento que ha caracterizado todo el proceso organizativo. Y es que, como se suele decir, no se puede estar en misa y repicando: un evento de esa envergadura debe partir de una estructura organizativa –director incluido- compuesta por profesionales con experiencia en el tema y no por neófitos con más voluntad que conocimiento. Así ocurre en todos los mejores festivales que en la actualidad son y están: la Bienal de Sevilla, el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión, el Festival de Jerez o el Festival Internacional de la Guitarra de Córdoba. En Málaga en Flamenco, sin embargo, todo el peso ejecutivo ha recaído en el presidente de la Diputación Provincial, de donde partió la feliz idea del evento, de tal modo que se ha llegado a confundir la persona con el Festival. Lo cual, dicho sea con todos los respetos, no parece lo mejor por cuanto la política tiene unas reglas de juego propias que raramente suelen coincidir con las que rigen el arte flamenco ¿Qué pasará con Málaga en Flamenco si en 2007 el presidente no fuera el mismo? Dejemos que sea el tiempo, siempre certero y nunca injusto, el que nos dé la respuesta.

    Entremos ya en un análisis global de este evento –defendido, apoyado y divulgado desde el principio por colectivos y personas-, que a la postre ha resultado largo, excesivo, pretencioso y mal organizado, y del que no podemos negar su oportunidad artística, pues ha servido de revulsivo a una “Málaga Cantaora” que llevaba mucho tiempo casi muda. Festival que nace con la intención de volver, aunque necesariamente con características muy distintas ya que el fondo y la forma de esta primera edición sólo han contentado a los artistas que más han trabajado, a los nostálgicos, que lejos de situar su concepto estético del flamenco en el presente siguen anclados en un pasado, que debiera servirnos como  referencia pero nunca como fin; y a los innecesarios pero imprescindibles –para el poder- pelotas y correveidiles que pululan por los bajos fondos del flamenco en pos de sus propios intereses, tan espurios como inconfesables.

    Empecemos por decir que el Festival se ha vendido mal fuera de Málaga –los espectadores venidos de otros lugares han sido insignificantes en número, y en Sevilla, por ejemplo, cuentan que se tuvo que echar mano del tan socorrido “gratis total” para poder llenar el Maestranza que acogía el espectáculo “Málaga” en su periplo andaluz-, a pesar de que ha tenido espectáculos de calidad contrastada como el de Paco de Lucía, el de Antonio el Pipa, el de Fosforito y Manuela Carrasco, el protagonizado por Rocío Molina, el dirigido por Mario Maya, el que nos llegó de la mano de Cristina Hoyos, o los conciertos de Miguel Poveda, Mayte Martín y Arcángel; como atractivos a priori lo eran aquellos otros espectáculos, en los que los organizadores tenían puesta la fe(“Málaga”, “A mi tierra” y “Dos generaciones”), pues se habían producido, montado y estrenado para este festival, que luego resultaron menos interesantes cuando no un puro camelo colados a la organización por los productores y/o directores de turno, verdaderos “triunfadores” del magno evento. De los tres espectáculos, salvo detalles como las guitarras malagueñas de Chaparro, Jimeno, Fernández y Rodríguez (“Málaga”)  o la voz de Virginia Gámez (“A mi tierra”), sólo salvamos la espectacular guitarra de Antonio Soto y la segunda parte de “Dos generaciones” – con una Rocío Molina y un Miguel Ochando en estado de gracia-, espectáculo que ponía fin al Festival.

    Si bien es cierto que Málaga en Flamenco ha estado en el ambiente, no lo es menos que la respuesta del público ha sido desigual, a pesar de las cifras que conocemos a través de los medios: así, mientras El Mundo de Málaga hablaba de 100.854 espectadores, el diario Málaga Hoy la reducía a 25.700. Como supongo que la fuente de los dos periódicos ha sido la misma, una diferencia tan notable sólo puede ser explicada por un experto en ingeniería estadística. Aunque también pudiera ser que en la primera cifra se incluyan las invitaciones de protocolo y de relleno, y en la segunda sólo las entradas vendidas. No lo sé. Pero, fueraparte las cifras –tan frías como manipulables-, hay algo muy positivo: el papel jugado por la juventud, tanto a nivel artístico como consumidora de flamenco, que ha demostrado que el arte flamenco le interesa y que está pidiendo a voces una participación más activa y un acceso a él que a todas luces les está vedado, por razones que en su día analizaremos.

     El apartado de actividades paralelas (conferencias, exposiciones, proyecciones de cine flamenco, presentación de libros y cursos didácticos) ha pecado de un exceso desigual, pues si los cursos se han limitado a dos – el impartido por el maestro Manolo Sanlúcar, siempre garantía de éxito, y el Curso Intercomarcal de Didáctica del Flamenco, patrocinado por los Centros de Profesores y codirigido por el que suscribe, experiencia pionera admitida a última hora y que, pese a las dificultades encontradas, ha conseguido los objetivos propuestos: acercar al profesorado de Málaga al arte flamenco-; las exposiciones han sido variadas e interesantes, tanto como las películas proyectadas o los libros presentados. No podemos decir lo mismo, sin embargo, de las conferencias/ponencias que, al margen de la calidad y el prestigio de los ponentes –sobran dedos de las manos-, han pecado de falta de una línea intelectual e investigadora rigurosas y de acuerdo con el pensamiento flamenco de hoy –que evidentemente no es uno solo-, para caer en unos criterios de selección basados en el clientelismo, en el amiguismo o, simplemente, en el desconocimiento de los encargados de dicha selección.

    Por lo que respecta al apartado de los artistas, malagueños y no malagueños, no podemos obviar notables ausencias como las Cancanilla de Marbella o Pansequito, por ejemplo, o el ninguneo al que se ha sometido a otros –sírvannos de ejemplo no limitativo Daniel Casares o Ramón Martínez, que no merecen el trato que se les ha dado-. Ítem más, el caso del maestro Antonio de Canillas ha sido, sencillamente, sangrante. Por lo demás, Málaga en Flamenco ha servido para consolidar a una bailaora, Rocío Molina, que ya lo era y que venía de triunfar en los mejores teatros y en los grandes festivales como el de Jerez. Y, también, para confirmar algo que los que conocemos el flamenco malagueño y sus, a veces, inescrutables entresijos: que la cera que arde por sí sola sólo necesita el calor preciso para que lo siga haciendo; y la que no, pues se irá consumiendo en el olvido conforme se vaya apagando el fuego que la alimenta. O sea, que ni han estado todos los que son ni han sido todos los que han estado.

    A las Peñas Flamencas, en fin, se les ha conformado con las sobras –con 15.000 € la Federación de Peñas Flamencas de Málaga ha logrado el milagro de organizar veintiocho galas, en distintas Peñas de la capital y la provincia, y dos talleres de aprendizaje –de cante y de guitarra-, dentro del I Circuito “El Flamenco es Cosas de Jóvenes”, que, sin afán alguno de autobombo, ha sido un éxito; lo cual que, nadie que lo haya seguido puede poner en cuestión: las veintiocho Peñas Flamencas que lo han disfrutado, y los jóvenes aspirantes a artistas flamencos que lo han protagonizado, son testigos vivos de lo escrito. Ese esfuerzo, empero, se ha visto “premiado” con el envío gratis a cada Peña de un número variable de ejemplares del diario Sur, durante los dos meses que ha durado el Festival, y con el reparto de algunas invitaciones, cuyo número ha variado en función de la necesidad de los organizadores para completar el aforo: en el acto de entrega de la Llave de Oro del Cante a Fosforito, por ejemplo, se las denigró mandándolas al gallinero del Teatro Cervantes, incluidos el presidente de la Confederación Andaluza de Peñas Flamencas y su junta directiva; y en el espectáculo que clausuraba el Festival, a las últimas filas del auditorio “Príncipe de Asturias” de Torremolinos. Seguramente, en agradecimiento a su decisiva contribución a la concesión de la Llave de Oro del Cante a Fosforito. O quizá, como muestra de gratitud por sacar las castañas del fuego y hacerle el trabajo, que menos se valora y se agradece, a la Administración a lo largo de tantos años

Paco Vargas

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