Entre 1610 y 1613 un total de 15.000 moriscos fueron expulsados del Reino de Murcia, siguiendo el decreto de expulsión del 9 de abril de 1609 que supuso la salida de aproximadamente 275.000 musulmanes españoles.

Numerosas son las motivaciones que la historiografía ha aludido para explicar este fenómeno histórico, desde las interpretaciones más clásicas que hablan de esta medida como medio para recuperar la popularidad de la monarquía hispana o para deshacerse de una población potencialmente peligrosa, hasta otras de tipo más económico-social que aluden a los intereses de la hacienda pública y las clases elevadas por hacerse con las propiedades y el poder político que esta minoría poseía en determinadas zonas de la Península Ibérica.

Sin embargo, las consecuencias socioeconómicas si parecen bastante evidentes, especialmente en una zona como el Reino de Murcia, apenas poblado con 100.000 habitantes a principios del siglo XVII. Las comarcas más afectadas por esta expulsión fueron la Huerta de Murcia, donde los moriscos llegados desde Granada tras la tras la Rebelión de las Alpujarras se dedicaban mayoritariamente al cultivo de la seda y a las actividades agrícolas en general, y el Valle de Ricote, donde los mudéjares murcianos habían convivido en pacífica armonía tras convertirse al cristianismo a principios del siglo XVI. Por todo ello se explica la consecuente crisis económica que supuso la pérdida de esta importante mano de obra tras su expulsión.

Moriscos los atavíos
y moriscas las maneras
y moriscas las costumbres
son en mi tierra.

Ver moras y ver judías
es ver con sus ojos negros
las mujeres de la huerta
(Vicente Medina, Aires murcianos)