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Historia de La Unión

El castillete de la mina Las Matildes de La Unión

El castillete de la mina Las Matildes de La Unión

Cuna en la Mina Agrupa Vicenta de La Unión

Cuna en la Mina Agrupa Vicenta de La Unión

Cargueros en el puerto de Portmán en el s. XIX

Cargueros en el puerto de Portmán en el s. XIX
Museo Minero de La Unión

Casa del Piñón de La Unión

Casa del Piñón de La Unión

Mercado Público de La Unión

Mercado Público de La Unión

Ángeles Gabaldón en el Cante de las Minas

Ángeles Gabaldón en el Cante de las Minas

   1840: arranque de la minería contemporánea

    La resurrección de la minería contemporánea de La Unión despegaría a partir de 1840, inmiscuyéndose en la dinámica general del territorio minero español. En estos años el pueblo unionense será la 'California española' por los ricos yacimientos mineros, que se escondían bajo sus tierras y que tantos beneficios otorgaron con su explotación, no sólo a nivel local sino nacional. Se trataba entonces de una minería subterránea, en la que harían su aparición las primeras fundiciones del mineral, surgiendo la industria metalúrgica, que tantos beneficios aportará a los vecinos de este término.

   Una de las principales consecuencias de este auge minero fue el increíble aumento poblacional de la zona, gracias al importante aporte de la inmigración andaluza, que se asentaría en las zonas murcianas de mayor actividad minera. Hasta La Unión llegaron, sobre todo, gentes procedentes de Almería. Se ha hablado en este sentido de un verdadero 'contagio social' de personas atraídas por los rumores de la bonanza económica, que abría las esperanzas de muchos de los trabajadores más humildes y de algunos empresarios, que soñaban con llenar sus arcas a base de las explotaciones mineras.

   La instauración de la villa unionense

   El ascenso de las poblaciones de El Garbanzal, Herrerías, Portmán y Roche acarrearía importantes consecuencias, no sólo desde el punto de vista económico. Había llegado el momento de constituir su propia territorialidad administrativa y jurídica. Hasta ese momento habían estado adscritos a la jurisdicción cartagenera. Viéndose capacitados para ello, solicitarían la segregación de Cartagena para constituirse en municipio con Ayuntamiento propio. Esto se conseguiría el 1 de enero de 1860, cuando por Real Decreto de la Reina Isabel II aparece la denominada entonces como Villa de El Garbanzal, que integraría a todas las poblaciones citadas (ver documento fundacional).

   En 1868, debido a las desavenencias de los vecinos de los principales caseríos de este nuevo núcleo poblacional, pasó a denominarse La Unión. Pero esa 'unión' no había sido nada fácil. Las zonas fueron fuente de intensa discordia, a consecuencia del poder que estaban adquiriendo, motivado sobre todo por la inmigración. Herrerías pretendía formar su propio municipio, pero El Garbanzal se oponía a ello. Cuando en el año 1868 llegó el general Prim hasta tierras cartageneras se haría eco del problema, proponiendo que ambas se uniesen en un sólo municipio, que tendría el nombre de villa de La Unión, y así fue como se hizo.

   A pesar de los grandes beneficios que aportaba la actividad minera, también estaba sujeta a importantes períodos de crisis propios del sector. Esto provocaba temibles recesiones, que afectaban a todos los vecinos, puesto que la gran mayoría estaban vinculados a este mundo de minas y mineros. Los resultados pecuniarios, aunque elevados, eran muy débiles por su escasa capitalización, a expensas siempre de las fluctuaciones de la Bolsa de metales de Londres.

   Los años dorados de La Unión

   Una nueva etapa de esplendor se daría a conocer desde finales del XIX y principios del XX. Es el gran momento de La Unión, sus años dorados. En esta ocasión ese auge minero no sólo se vio reflejado en el nuevo incremento demográfico, sino que también se percibió en las importantes reformas urbanísticas, que se llevaron a cabo en esos años y que le dieron una mayor categoría a la localidad: el edificio del Mercado Público, la Casa del Piñón o la Iglesia del Rosario.

   Las grandes expectativas del nuevo panorama contribuirían, a su vez, a un enriquecimiento general de toda la comarca. Se llega incluso a decir que en esos años La Unión adquiere una importancia más relevante que la de su vecina Cartagena, por la llegada de miles y miles de trabajadores de la Alta Andalucía y Murcia, que instalaron allí sus hogares y sus familias. Es popular la frase de aquél entonces que decía que los ricos se "encendían sus puros con billetes de cien pesetas", símbolo de la buena coyuntura económica del momento.

   El trabajo en las minas, aun aportando unos beneficios económicos nada desdeñables, no dejaba de ser una actividad peligrosa. Los trabajadores carecían de garantías laborales, sus horarios eran disparatados y en unas condiciones lamentables, expuestos a enfermedades irreversibles que les perseguirían toda su vida, y con unos salarios que no recompensaban todo el esfuerzo que realizaban los mineros, que bajaban cada día a los túneles arriesgando sus vidas. La presencia de heridos, víctimas de las labores mineras, era cotidiana, llegando a crearse un espacio exclusivo para ellos, el Hospital de Caridad de Portmán. Además, la mayoría de la fortuna generada por el mundo minero marchó fuera de las fronteras unionenses. Con la plata de sus minas se construyó, por ejemplo, el Palacio de Aguirre o la casa señorial de la calle Jabonerías de Cartagena (hoy parroquia de San Antonio).

   La crisis de la minería

   Desde las primeras décadas del novecientos la decadencia minera se hizo infrenable, sobre todo a partir de la Primera Guerra Mundial en 1914. La Unión dependió económicamente a lo largo de su Historia de la marcha de la minería nacional. Los años de la Guerra Civil fueron muy duros para el pueblo minero, siendo la escasez y el hambre la nota dominante. No obstante, el pueblo, pese al descontento social, no protagonizó ninguna revolución social como sucedería en otras zonas mineras como Asturias, quizá por la confianza de los ciudadanos en los políticos republicanos y en la pequeña burguesía.

   La mejora económica y minera llegó más tarde, a partir de los años 50', con la modernización de los métodos de explotación minera, reutilizando zonas explotadas y abandonadas en épocas anteriores, aprovechando los materiales de desecho abandonados por sus antiguos pobladores. En estos años la compañía multinacional Peñarroya emprendió entre 1957 y 1988 un monopolio de explotación en la Sierra Minera de Cartagena-La Unión, incorporando métodos de producción avanzados mediante una fuerte inversión y planificación. Los beneficios no incidirían solamente a la economía de la compañía, sino que también los trabajadores vieron mejorar sus salarios, a la vez que se generaba la creación de empleo y unas redes comerciales más fluidas. En el año 1988, con una situación ya de claro retroceso, el monopolio cambia de manos, esta vez a las de una compañía comarcal, Portmán Golf, que pretendió conjugar una minería marginal con el aprovechamiento turístico del entorno de Portmán.

   La bonanza no duraría mucho más tiempo, ya que en 1991, después de dos milenios de explotaciones, se procede al cierre definitivo de las minas. El agotamiento de los criaderos y explotaciones no hacía posible ni rentable la perduración del negocio. La extrema contaminación de Portmán levantaba cada vez con más fuerza la alarma social. Una de las variables que más afectaron a esta decadencia irreversible fueron la caída de los valores del metal en el mercado internacional, con el que se hacía imposible competir. La inviabilidad de proseguir con él se iba convirtiendo en una realidad ineludible.

   La ciudad se había ido convirtiendo en una ciudad dormitorio desde los años 80', la decadencia de la minería ya era un hecho visible, y la industria que esta actividad generaba era más bien escasa. Desde finales de los 90' se hace urgente la creación de un proyecto económico alternativo. Las consecuencias fueron terribles para una ciudad eminentemente minera, que durante siglos había estado volcada a una actividad que llevaba dentro de sus entrañas. Ésta fue, sin duda, la peor crisis de la Historia de esta localidad.

   Los restos del pasado minero

   La esencia minera en la actualidad sigue muy presente en el municipio. De las pocas cosas que quedaron de la vieja y tradicional ciudad minera está su cante, arte que aunque no les pertenece a los unionenses de raíz, está ya tan arraigado en su costumbre, que de alguna manera les corresponde. Fruto de la influencia flamenca de almerienses, granadinos o cordobeses, mezclada con los hombres murcianos que arribaron hasta estas tierras, junto con los oriundos de la zona, se formó una unión que hizo posible la aparición de un arte ya muy típico del folklore murciano, conocido como una trilogía 'minera, taranta y cartagenera'. Junto al trovo y la saeta conforman parte de la razón de ser unionense.

   El escultor Esteban Bernal esculpió un 'Monumento al Minero' de casi cinco metros en la plaza Joaquín Costa, que pretendía recordar "a las generaciones venideras que sus antepasados supieron, con su trabajo y sacrificio, dar fama y elevar a las más altas cotas a este rincón de la tierra murciana". Perdura de esos días un recuerdo visual ineludible, el de todo el paraje de la Sierra Minera, así como la nostalgia de observar con pesar el problemático estado de la Bahía de Portmán, consecuencia de los años de explotación. Aquella estupenda villa romana de antaño ya es Historia, desapareciendo incluso de las cartas marinas. Las industrias y la minería asentadas allí durante siglos fueron las causantes de la contaminación de la Bahía, puesto que todos los vertidos, que se realizaban, iban a parar directamente al mar. La explotación minera ha cambiado el paisaje y en general toda la sierra.

   En la actualidad se sigue analizando las formas y modos en los que las comarcas de tradición minera puedan salir adelante, forjándose un futuro próspero, con la mina y los mineros siempre presentes en la memoria. Existen jornadas y estudios sobre las alternativas de desarrollo en estas comarcas. En La Unión se ha estado planeando el aprovechamiento turístico de un paraje tan emblemático e histórico como es el de su sierra y vínculos mineros. La publicidad del Festival del Cante de las Minas supone una de las mayores atracciones para todos los visitantes.

  La historia de este Festival se inició en 1980 en Lo Ferro, típica aldea del campo cartagenero de unos 300 habitantes, con motivo de las fiestas de dicha localidad. Durante la primera semana del mes  de Septiembre, un grupo de vecinos dirigidos por Sebastián Escudero decidieron incluir una velada de concurso de cante “jondo” en el programa de fiestas de Lo Ferro, e invitaron a varios cantaores. Y así dio comienzo un viernes 12 de Septiembre el 1º Gran Festival de Cante Aficionado de Lo Ferro.

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