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Monumento al cardenal Luis Belluga

Monumento al cardenal Luis Belluga
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Saavedra Fajardo

Saavedra Fajardo

Fachada de la Catedral de Murcia

Fachada de la Catedral de Murcia
José Antonio Fernández Martínez

Cardenal Belluga
Cardenal Belluga

    El final de la Edad Media: la Murcia del Renacimiento

    El final de la Edad Media está plagado de incidentes y banderías entre familias nobiliarias y patriciado urbano (tales como Manueles y Fajardos o los Pacheco) debido a la debilidad de la monarquía trastámara. Tuvieron que llegar los Reyes Católicos para poner freno a la inestabilidad y sentar un orden social permanente.

    Durante el reinado de aquellos reyes, el Reino de Murcia desempeñó un importante papel en la conquista del Reino de Granada. En 1488, los monarcas estuvieron en Murcia, desde donde don Fernando dirigió las operaciones militares de la frontera granadina, visitando Caravaca, Yecla y otras ciudades, y cuando el reino nazarí cayó en poder de los castellanos, muchos murcianos acudieron a repoblar tierras andaluzas.

    Hacia 1500, Murcia era la mayor ciudad del Reino con unos 10.000 habitantes, seguida de Lorca, con algo menos de la mitad. El resto de las poblaciones tenía un poblamiento desigual; según el censo del Libro de Visitas de la Orden de Santiago de 1507, Caravaca tenía 500 habitantes, Cehegín 420, Moratalla 300, el Valle de Ricote 269, Lietor 180, Cieza 170, Aledo 98, Letur 82 y Socovos 25.

    El fin de la guerra granadina y la unificación de los Reinos de Castilla y Aragón hicieron que el Reino de Murcia entrara en la Edad Moderna iniciando un periodo de prosperidad que enseguida se tradujo en un espectacular aumento de la población, tras el desplazamiento de moriscos granadinos, que se dedicaron a la agricultura. El desarrollo de las ciudades, el comercio interior, el despegue de la industria de la seda, la minería de Cartagena y Mazarrón y los avances en las explotaciones agrícolas con la roturación de nuevas tierras fueron factores determinantes de esta etapa de desarrollo.

    En esta situación no faltaron algunos momentos de conflicto, como las revueltas de los moriscos, siempre inquietos hasta su expulsión en 1609, con la excepción de los del Valle de Ricote, que siguieron hasta 1613. La piratería berberisca fue otro de los problemas de la centuria hasta el punto de obligar a Felipe II a erigir una serie de torres de vigilancia costera que aún hoy se conservan.

    Respecto a la eclosión renacentista cabe decir que la Región posee bellos ejemplos de arquitectura religiosa: destacan la Iglesia y Convento de San Esteban en Murcia, el primer cuerpo de la torre de la Catedral de Murcia, la Colegiata de San Patricio en Lorca, obra del precursor del Renacimiento en Murcia, Jerónimo Quijano; otros ejemplos importantes son las iglesias de La Asunción en Moratalla, La Magdalena en Cehegín, La Soledad y El Salvador en Caravaca, además de la bella iglesia de Santiago en Jumilla. Mención aparte merecen los ejemplos de decoración mudéjar de las iglesias de La Purísima de Cehegín, San Onofre en Alguazas, San Andrés en Mazarrón o la Ermita de la Santa de Totana.

    El Siglo de Oro

    El denominado Siglo de Oro, preludio de una etapa de decadencia política y económica de España, brilló por su creatividad artística e intelectual en toda España. Al esplendor cultural contribuyó Murcia con figuras relevantes: Diego Saavedra y Fajardo, diplomático y polígrafo, Francisco Cascales, humanista y lingüista, Andrés de Claramonte, Ginés Pérez de Hita, Gaspar de Ávila, Pedro Castro, Polo de Medina, Beltrán Hidalgo y otros muchos humanistas.

    La crisis del siglo XVII perduraría hasta sus últimos años, traduciéndose en Murcia en nuevas disputas entre la vieja y la nueva nobleza y la oligarquía urbana. Tras el apoyo de Murcia a Felipe de Borbón, que reinaría con el nombre de Felipe V, y que premiaría su fidelidad, Murcia fue receptora de importantes ayudas que la hicieron superar esta crisis. El artífice de esta recuperación es el cardenal Luis Antonio de Belluga y Moncada. Su obra social, cultural y benéfica fue extraordinaria y, en cierto modo, el principio de un proceso de transformación que afectó a lo largo de la centuria a todos los sectores de la población.



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