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Naranjas de la China, Mandarinas de la Conchinchina

Naranja

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El seguro azahar confirma la buena orientación de los sentidos y la curva dice que estamos entrando en barroco, camino de Murcia, reino solar donde madura el limonero y domicilia su azúcar la naranja, 'rico mineral del valle'
que dice el verso de Polo de Medina.

Salvador Jiménez en Murcia y la herida del tiempo, 1995

    A tiro de piedra del río Segura, en Almoradí, tenía mi padre las tierras en las que cultivaba naranjas y limones, por ello, mis recuerdos de la infancia están perfumados de azahar –todo el pueblo olía en aquellas semanas de primavera a azahar–; al cerrar los ojos veo el verde frondoso, perenne y oscuro de los naranjos y el más claro de los limoneros; huelo a tierra labrada, a poda quemada, a gasoil mal combustionado por el viejo Barreiros; siento mis manos mojadas por el sudor en las labores del estío o por la bendita agua de los ansiados riegos y también recuerdo a mi padre con el humor agriado, como los cítricos, por no poder vender la cosecha o no cobrarla, palabras como tandas, portillos, acequias, azarbes, cooperativas, gerentes, estafas, jornaleros, corredores, afarraso, cámara agraria, créditos, subvenciones 'se entremezclan como en una nebulosa pesadilla, eran otros tiempos'.

    La pelliza de mi padre en invierno, el cuatro latas primero y luego el 124, los pasteles de gloria los domingos, los bizcochos de naranja, las primeras mandarinas, los pichones de Antoñín, la ensalada de lisones, la matanza del pavo en Navidad, los baños en la poza de la acequia en verano, la finca de Los Arrios, del Gabato, los domingos a misa, un cura D. Jesús Corcuera Aldaiturriberrigorricoerratacoechea, el velo de mi abuela, las palmatorias en la alacena de la cocina, un médico D. Rafael, las inyecciones de gamma-globulina, las pastillas amarillas de Osopan, la operación de amígdalas y vegetaciones, las escuelas infantiles en las que ponía en el frontispicio de la puerta 'niños' en una y 'niñas' en otra, el cuento de la sirenita, dos perras gordas de olivas, los bocadillos de carne de membrillo, la colonia de lavanda, zapatos de charol, repeinado, la tele en blanco y negro, vamos a la cama que hay que descansar.., mis amigos de la calle –José María, Jesús y mi primo–, los cheroles o canicas, la guá, el churro-mediamanga-mangotero, la comadreja, las bicicletas en verano, jugar a vaqueros con los caballetes del viejo almacén de frutas, coger níos, perder la noción del tiempo, bronca en casa, para los sustos un trago de agua de azahar –la de la atractiva botella azul–; luego la escuela unitaria de D. Agustín y mi primer amor platónico, una chica de la casa de costuras 'Singer' situada enfrente de la escuela, y más tarde el 'aula' de 5º de EGB acondicionada en una nave del mercado de ganados, donde por cierto no desentonaban algunos.

    Recuerdos y más recuerdos, definitivamente me estoy haciendo viejo. Así pues dejaré mis viejas batallas y pasaré directamente al artículo a que da lugar el título de este trabajo.

Julio Pedauyé Ruiz

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