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El Valle de Ricote en el siglo XVII

Los señoríos murcianos mediado el siglo XVI

Los señoríos murcianos mediado el siglo XVI
Atlas histórico ilustrado de la Región de Murcia- Fundación Séneca

Ermita de San Cosme y San Damián

Ermita de San Cosme y San Damián
Jesús de la Cruz Montiel Ruiz

Iglesia de La Asunción de Villanueva

Iglesia de La Asunción de Villanueva

Fachada Principal de la Iglesia San Sebastián de Ricote

Fachada Principal de la Iglesia San Sebastián de Ricote

Fachada Principal de la Iglesia de San Juan Evangelista de Blanca

Fachada Principal de la Iglesia de San Juan Evangelista de Blanca

Población morisca: rasgos culturales, de integración y principales actividades


Domínguez Ortiz y Bernard Vincent señalaron que «se consideraba musulmán no sólo quien no abrazara la religión cristiana sino también todo aquel que conservara la menor costumbre ancestral que revelara su origen». Hasta entonces, añadían, «había sido rechazado el Infiel; en adelante lo sería simplemente el Otro» (1993 [1979], p. 22). Esta mezcla entre costumbres y creencias hacían sospechoso a cualquiera que tuviera ascendencia musulmana o conservara rasgos vitales propios de los mudéjares.

La mayoría de los moriscos vecinos del Valle de Ricote eran descendientes de antiguos mudéjares que se habían convertido al cristianismo en 1502, y habían alcanzado a fines del siglo XVI una buena asimilación respecto a los cristianos viejos de los lugares comarcanos. En cada una de las seis villas levantaron buenas iglesias y ermitas, y fundaron hermandades y cofradías. Cuando en 1588 los seis lugares obtuvieron sendos privilegios de villazgo, y la jurisdicción en primera instancia, los vecinos más acomodados adquirieron regimientos y otros oficios concejiles perpetuos con la subsiguiente consolidación de las oligarquías vecinales.

Las disposiciones testamentarias no manifiestan diferencias religiosas de los moriscos respecto a los cristianos viejos del Valle o de otros lugares. Generalmente usaban la facultad que tienen, concedida por la Orden de Santiago, de que los fallecidos ab intestato otorgasen testamento por medio de algún familiar asistido por el cura y un alcalde (Lisón 1992,145-146).

La realidad socio-religiosa que muestran las visitas de la Orden de Santiago de los años 1507, 1511, 1515 y 1526 es la que cabría esperar de unos neófitos que en la intimidad se trataban con pocos cristianos viejos —por ser su presencia muy escasa en las seis villas— y cuyos curas están muchas veces ausentes y muestran poco interés en su evangelización. Pero a finales del siglo XVI se había efectuado importantes cambios.

Entre el final de la guerra de las Alpujarras y la consiguiente llegada de moriscos granadinos en 1571 y la expulsión de los mudéjares en 1614 transcurrieron cuarenta y tres años. Hacia los cuarenta años, y de ahí en adelante, se coloca el limite cronológico de quienes saben hablar arábigo y conocen la lengua islámica; noventa y dos san benitos había colgados en la iglesia de Abanilla en 1612 por prácticas de la secta de Mahoma. Pero el más reciente era de hacía cincuenta años (Chacón 1992, p. 105).

Pese a esto, algunos les daban fama de malos cristianos, por lo que fray Juan de Pereda se informó exhaustivamente sobre la cristiandad de los cristianos nuevos del Valle de Ricote cuando realizó su informe para la Corte en el año 1612. Interrogó a numerosos testigos de diversos lugares —alguno de los cuales habían sido citados para que testificasen en contra— y ninguno dijo nada malo contra ellos.

En algunos casos, la declaración era favorable a los moriscos y su cristiandad, o no, dependiendo de si eran contrarios o partidarios de la expulsión, movidos por motivos de caridad o por la ambición y enemistad.

El cura de Villanueva y Ulea estaba enemistado con los moriscos, pero habla bien de ellos, así como otros veintidós testigos, con la única observación de que tienen prevención a los cristianos viejos y no los «estiman ni acarician a los que se casan con ellos como a los suyos». Los moriscos se esmeraban en el adorno de las iglesias, en las fiestas religiosas y atención se sus cofradías. En Ulea había ermitas dedicadas a San Sebastián y la Soledad y tres cofradías.

Villanueva se fundó con nueve casas de vecinos procedentes de Abarán. Tenían cofradías dedicadas a la Virgen (Concepción, Soledad, Rosario y Asunción) y al Santísimo Sacramento. Hacían todos los meses procesión del Rosario y tenían una ermita a la Virgen de la Soledad. Bautizaron a sus esclavos. Siendo el lugar de mayor integridad y que menos tonillo de moriscos tenían en el habla de todos los del Valle, había entonces trece matrimonios con cristianos viejos, y comían tocino y bebían vino.

Abarán se había repoblado a finales del siglo XV con 19 casas procedentes de Hellin. Los testigos interrogados hablaban bien de ellos. Tenían 120 memorias de misas perpetuas, una ermita dedicada a San Cosme y San Damián y a la Virgen del Rosario que frecuentan con gran devoción. Eran tenidos por muy limosneros y religiosos. Tenían tres cofradías y una obra pía con capilla y altar de la Santísima Trinidad, para entierro de pobres. Habían tenido dos vocaciones de clérigos de origen morisco. Y contraían matrimonios con cristianos viejos con normalidad, a pesar de ser estos muy pocos vecinos.

También en Ricote y Ojós era muy pequeño el número de cristianos viejos. Estos lugares eran los que menos fama tenían, y se decía que tenían más tonillo al hablar que otros y que se excusaban para comer tocino. Pero el cura y los cristianos viejos que convivían con ellos afirmaban que eran buenos cristianos y testificaron que los moriscos del lugar comían tocino y bebían vino con regularidad. Cuidaban sus fiestas, tenían cofradías y muchas misas perpetuas antiguas. En Ricote había ermitas y cofradías dedicadas a Santiago, Nuestra Señora de las Huertas y San Sebastián. De Ojós salió un clérigo. Sirvieron a los Reyes en la guerra de Granada y participaron en la ofensiva contra los agermanados de Orihuela, destacando entre sus soldados Ayala y Buendía. Había algunos casamientos con cristianos viejos.

Los que peor fama tenían eran los moriscos de Blanca. Por los testimonios de sus curas, parece que sólo un cuarto de ellos confesaba devota y enteramente, mientras el resto procedían con ignorancia y poca instrucción. También sus vecinos cristianos viejos tenían mala opinión de los moriscos y afirmaban que la quinta parte profesaban poco de la fe, mientras que el resto eran buenos cristianos. Con todo, en general se hablaba bien de ellos. Tenían cofradías dotadas con misas perpetuas y, en Cuaresma, traían predicadores y confesores del convento de Jumilla. Tenían una ermita dedicada a la Virgen de la Concepción, y cofradías dedicadas a las Ánimas, a Santa Ana y Santísimo Sacramento. Por lo demás, compraban y criaban ganado de cerda y comían su carne, y habían hecho casamientos con cristianos viejos.

Según Govert Westerveld (2001, p. 155), esta quinta parte de la población de Blanca, que no supo asimilarse, pudo haber sido la causa de la expulsión de los moriscos del valle de Ricote. Seguramente eran granadinos establecidos en Blanca antes de 1568 o valencianos que después de la expulsión de 1609 regresaron y buscaron refugio en Blanca.

Para enseñar la doctrina católica a los moriscos, lo mejor era que uno de su propia raza pudiese efectuar esta labor. Fue el caso del cura Juan Yelo, de Abarán, que estuvo en Blanca desde 1566 a 1574. Luego vivió en Abarán hasta el año 1591.

El estudio de fray Juan de Pereda demostró que los mudéjares de Murcia, incluidos los del valle de Ricote, eran buenos cristianos. La opinión favorable de numerosos clérigos murcianos iba en este sentido y el hecho de que ellos no fueron penitenciados por el Santo Oficio durante unos cincuenta años.

Pereda señala que la enemistad con algunos cristianos viejos se debe a que les disputaban los oficios y cargos públicos, y por la codicia de querer quedarse con sus bienes si eran finalmente expulsados, pero que los que testifican contra ellos lo hacen presumiendo que serán como los de su antigua nación, no porque tengan noticias directas, si no por identificarlos con granadinos y valencianos.

De hecho, son muy pocos lo que conocen o hablan arábigo o tienen tonillo, los que reúsan comer tocino, o lloran de un modo particular, siendo estos los más ancianos. Los testigos que hablan en su favor afirman que no se diferencian en nada de los cristianos viejos.

El padre Pereda confesó algunos hombres, mujeres y niños, con la impresión de que lo hacían claramente, con ánimo de salvarse, y todos los interrogados sabían la doctrina cristiana. También estuvo presente en algunas fiestas y vio que las hacían con devoción.

José Pascual Martínez

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