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Comandante Villamartín

Homenaje a Villamartín, Plaza de la Merced de Cartagena

Homenaje a Villamartín, Plaza de la Merced de Cartagena

Libro de Gómez Vizcaino sobre Fco. Villamartín [Cartagena_Comandante Villamartín]
Libro de Gómez Vizcaino sobre Fco. Villamartín
 
Homenaje en la Plaza de la Merced de Cartagena [Cartagena_Comandante Villamartín]
Homenaje en la Plaza de la Merced de Cartagena

Francisco Villamartín, Cartagena, 23 de julio de 1833-Madrid, 16 de julio de 1872

La vocación militar de Villamartín

     Desde muy joven Francisco Villamartín estuvo influido por el ambiente militar que respiró de las calles de su ciudad natal y de su entorno familiar, lo que sellará su temprana vocación. Nace en Cartagena el 23 de julio de 1833 en la Calle del Carmen de Cartagena y lo bautizan al día siguiente en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción con el nombre de Francisco Solano Liborio Francisco de Paula Carlos Tomás Leandro Villamartín y Ruiz. Hijo del entonces subteniente de infantería D. Bruno Villamartín del Villar y de Dª Segunda Ruiz de la Peña Salazar (ambos de raices castellanas pero afincados en Cartagena desde mucho tiempo atrás, ya que su abuelo era Director de Reales Provisiones del Departamento). Su infancia transcurriría en la ciudad cartagenera, aunque los distintos destinos de su padre le condujeron a abandonar pronto esta tierra. Su talante retraído y serio fueron desde niño rasgos propios de un carácter militar que fue forjándose desde muy joven.

     Con tan sólo 14 años, alentado por su padre, ingresa como Cadete en el Colegio de Militares de Toledo, iniciando aquí los estudios que le condujeron en 1850 a ser nombrado Subteniente de Infantería. Esta promoción designa el inicio de una incesante carrera militar que le llevará a convertirse en uno de los más prestigiosos personajes castrenses del siglo XIX, tanto por su valía en el frente como, sobre todo,  por la actitud intelectual que cultivó desde entonces.

Un hombre consagrado al servicio de su profesión

     Los primeros destinos del joven Villamartín le conducen hasta el Regimiento de Infantería de Gerona, unidad a la que regresa tras su paso por el Regimiento de Saboya. Encontrándose de guarnición con su escuadra en Madrid, le toca vivir la sublevación del General O¿Donell en 1854. En La Vicalvarada Francisco demostró su compromiso con el cuerpo al que representaba, haciendo primar su deber militar, puesto que, a pesar de simpatizar con las ideas rebeldes de los sublevados, supo mantenerse en su lugar y luchar por lo que constituía su responsabilidad.

     Un nuevo acontecimiento bélico sacudió al regimiento del que fuera ascendido a Teniente de Infantería tras el levantamiento de Vicálvaro. Después de esta rebelión el Manifiesto al País firmado por O'Donell y Serrano desató una serie de insurrecciones en casi tota España. El período liberal inaugurado entonces no apaciguó los ánimos de un país convulso y dos años más tarde nuevos ataques revolucionarios asaltaron el Cuartel de San Pablo en Barcelona, lugar donde se encontraban las tropas de Villamartín. En esta ocasión el protagonismo del cartagenero actuando de modo heroico al defender con valor su puesto contando tan sólo con una veintena de soldados, le valió la promoción a Capitán.

Rumbo a las Grandes Antillas

     Muchos pudieron ser los motivos que llevaron al joven Villamartín a solicitar un destino voluntario en las posesiones españolas de Ultramar. Las discrepancias políticas que se perpetuaban en la península, los incentivos económicos de una etapa en las Antillas o sus propias inquietudes intelectuales que ya por entonces le rondaban, debieron ser algunas de las causas de tal petición.

     Su nueva designación le trasladó hasta Cuba, donde permaneció durante tres años. Una vez aquí, el clima, la lejanía y la nostalgia de su patria resultaron factores determinantes para que Villamartín mostrara su deseo de regresar. Su estado de ánimo languideció en esta tierra, pero fue sobre todo por sus problemas físicos y el diagnóstico de un catarro crónico pulmonar por lo que pudo en 1860 regresar definitivamente a Madrid.

El despertar del pensamiento Villamartín

     En este nuevo período el futuro comandante distribuyó su tiempo entre sus responsabilidades militares y las continuas idas y venidas a bibliotecas, lo que fortaleció su estudio y sus conocimientos. Tampoco se olvidó durante estos años de su ciudad natal, a la que regresó siempre que le fue posible, bien fuese de maniobras o de visita. Francisco Villamartín estuvo constantemente en contacto con los problemas de la Cartagena de su tiempo.

     En el año 1861 se le confiere un nuevo destino al Regimiento de Infantería de Toledo, guarnecido también en la capital de España. Habiendo alcanzado una mayor armonía y confianza, Francisco Villamartín supo entregarse de lleno a las dos facetas que desde siempre habían ocupado sus máximas inquietudes: su amor por el servicio a su patria y su ferviente interés por el mundo de las letras, emociones que le valdrán su reconocimiento posterior.

Nociones militares y problemas económicos

     Fruto de esa inquietud escribió en 1862 lo que se convirtió en un hito del pensamiento castrense, Nociones del Arte Militar, publicación que a pesar de contar con la recomendación real tuvo que editar él mismo, suponiéndole un fuerte desembolso que le hizo perpetuar una importante deuda económica hasta el final de sus días.

     Esta obra ha sido la que más notoriedad le confirió a Villamartín. En ella refleja, a pesar de haberla escrito con tan sólo 29 años, una gran madurez y conocimiento, aportando nuevos conceptos a las técnicas y estrategias bélicas considerando la guerra como un fenómeno social y psicológico. Muchos analistas no han dudado en presentar a Villamartín por este escrito como un filósofo, un tratadista militar que se adelantó a su tiempo.

     La situación económica del por entonces Capitán Villamartín le preocupó de manera especial, pues en el mismo año de la publicación se casó con Clotilde Lagoanére y Tullós, a la que conocería en Cartagena cuando su padre fue allí destinado como Cónsul de Francia, y desde ese momento su familia se convirtió en una de sus principales preocupaciones.

     Cuando es ascendido a Comandante en 1865, cargo que aunque merecido se le concedería por la ayuda que obtuvo del general Novaliches, conocedor de su situación y de sus obras, pudo haber subsanado sus precarias condiciones económicas. Sin embargo, por diversas circunstancias, las deudas contraídas con Nociones del Arte Militar le acompañaron hasta su muerte.

El reconocimiento de Napoleón

     Un año antes, en 1864, se le recompensó por este libro nombrándole Caballero de la Orden de Carlos III. No obstante, para obtener esta condecoración hizo falta que la Reina Isabel II, al mando del país en esos momentos, se enterara de la valía de este hombre por las noticias que le llegaban desde Francia.

     El Batallón de Cazadores de Arapiles y el Consejo de Redención y Enganches fueron los siguientes destinos de Villamartín, colaborando con el General Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero.

     Nuevos escritos le inspiraron en Francia, expresando bajo el título de Napoleón y la Academia de Ciencias su reprobación a tal entidad por su negativa a establecer una sala dedicada a la ciencia militar. Este libro le valió el reconocimiento del monarca francés Napoleón III, quien llegó a concederle la Cruz de la Legión de Honor.

     Fueron precisamente los aplausos extranjeros los que hicieron que a su regreso a España se le recompensara por sus trabajos. En 1865 el editor Dorregaray le solicitó que se encargara del capítulo sobre "Historia Militar de la Orden de San Fernando" que se integraría en la obra Historia de las Órdenes de Caballería.

Duros momentos para el Comandante

     Un triste acontecimiento abatió a Villamartín en esa época, el fallecimiento de su única hija. Hecho que le afectó de manera especial pues como él mismo confesaría, toda su vida se sustentaba en los afectos que obtenía de su familia, dejando esta trágica pérdida un vacío que puso al descubierto otros. Fue éste un doloroso golpe del que no se recuperó nunca.

     El Comandante estuvo un tiempo en situación de reemplazo a la espera de un nuevo destino que en 1866 le llevó al frente del Detall de la Escuela de Tiro. En ese tiempo de espera escribiría Manual del viajero en el Escorial, obra que durante muchos años ha sido vendida en el citado monasterio. No obstante, se piensa que este escrito no fue uno de los que más merecieran al notable comandante, creado probablemente con la intención de subsanar sus deudas económicas, al igual que el satírico El tuerto rey.

La última batalla

     Las largas horas compartidas con el Capitán General del Distrito de Cataluña, el marqués de Novaliches, a cuyas órdenes se dispuso en 1868, produjeron entre ambos militares una fuerte amistad. Horas difíciles las que atravesaba el país en esos momentos protagonizados por una revolución conocida como "La Gloriosa" que dio paso al período histórico del Sexenio Democrático.

     El pronunciamiento de la Marina en la bahía de Cádiz enfrentó a las tropas de Novaliches con las de los sublevados, a cuyo mando se encontraba el general Serrano. A pesar de la derrota, la heroicidad demostrada por el Comandante Villamartín en el campo de batalla fue recompensada por su General en Jefe designándole allí mismo el empleo de Teniente Coronel (ascenso que no fue revalidado posteriormente por Serrano).

     Tras el enfrentamiento se decidió el triunfo revolucionario, lo que supuso el decaimiento de la carrera del ilustre Villamartín, al pertenecer éste al bando vencido y decidir acompañar a su General, gravemente herido en la batalla. La negativa del marqués a prestar juramento de fidelidad al nuevo gobierno instaurado bajo la regencia del general Serrano supuso la destitución de su cargo pasando a situación de reemplazo.

     Villamartín fallecería unos años después, el 16 de julio de 1872 en su casa, en el número 47 de la calle San Vicente de Madrid, con la salud quebrantada desde su estancia en Cuba y la tristeza de la muerte de su única hija que actuaría de modo decisivo en su fin.

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