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Arte Barroco

Vista del Monasterio de las Agustinas

Vista del Monasterio de las Agustinas

Fachada de la Iglesia de San Juan de Dios

Fachada de la Iglesia de San Juan de Dios

Vista Exterior. Iglesia de Sta. Eulalia

Vista Exterior. Iglesia de Sta. Eulalia

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IX. Barroco I. Historia del Arte

Una arquitectura nueva

     La gran mayoría de los edificios vetustos de la Región pertenecen al momento barroco, lo siglos XVII y XVIII serían especialmente prósperos para el territorio murciano, ya ajeno al período de repoblación y organización del medioevo y a los conflictos sociales y políticos, más centrado en la unidad administrativa y regente de una corona única para España. Pese a las grandes diferencias estilísticas el barroco europeo, en todos los ámbitos, supuso un cambio en la concepción incluso del arte mismo. El Renacimiento lo había protagonizado la vuelta a la norma clásica tamizada por un pensamiento neoplatónico que en el caso español quedaría condicionado por una realidad política y religiosa muy distinta a la europea (realidad que no entendería de planteamientos filosóficos o literarios pero sí de necesidades de consolidación de un territorio bajo monarquías cristianas). El barroco, momento en el que las economías aumentaban sus ámbitos comerciales y las monarquías su poder autoritario, necesitaba de escenarios. Los escenarios del barroco son principalmente las ciudades y el trazado urbano debería aliarse con la arquitectura para disponer el “espacio escénico”.

     De todos los edificios barrocos murcianos la mayor parte son templos religiosos, ya sean parroquias, ermitas, santuarios o conventos. La prosperidad económica del territorio murciano en este momento unido a la realidad contrarreformista fomentó la rehabilitación de iglesias y parroquias, además de edificaciones de gran calado como el Palacio Episcopal de Murcia y sus edificios anexos.

     El desarrollo de las arquitecturas barrocas fue tal que se creo una tipología propia de Murcia. Si bien la tipología murciana responde al seguimiento de modelos como los del manual de fray Lorenzo de San Nicolás, algunos detalles la hacen única.

     La ciudad de Murcia vivió la reedificación de casi todos sus templos entre los siglos XVII y XVIII, desde los conjuntos monásticos como Santa Ana o Las Claras hasta las iglesias de San Miguel, Santa Eulalia o San Juan de Dios. Con diferencias sutiles en las formas de cúpulas o fachadas, con remodelaciones de etapas neoclásicas, con diferencia en el color del vidriado de tejas o con interiores más o menos elaborados, las iglesias murcianas barrocas desarrollan unas plantas y volúmenes muy similares entre sí.

     La planta de cruz latina respondía a las necesidades de los templos y permitía una construcción enteramente barroca. Tras la Contrarreforma la Iglesia Católica española se sumó al interés por hacer de los templos ámbitos de culto y devoción que remarcaran las diferencias entre catolicismo y protestantismo. La planta conocida como jesuítica, por el templo romano de Il Gesú, sería el modelo a imitar, y no solo planta sino también recursos de fachada de principal. La adoración al Santísimo, la misa dominical, la devoción a los santos, el Bautismo y el sacramento de la Confesión eran vértices imprescindibles que distinguían al católico, poniendo especial énfasis en la celebración eucarística comunitaria.

     Los templos de cruz latina en dos niveles de altura, la separación en planta de tres naves, principal y laterales con capillas, y la especial señalización del crucero, con amplias cúpulas, formaron parte del modelo barroco murciano por excelencia. Al exterior los templos eran muy sencillos, con muros rectos donde el ladrillo formaba parte imprescindible de la construcción, dejando los bloques de cantería para portadas, basamentos y esquinas de torres y campanarios. En pleno barroco en Murcia aún eran necesarios los macizos contrafuertes de ladrillo y arcos fajones para sostener los empujes internos de bóvedas de cañón y crucería. Sólo las cúpulas, con sus plantas poligonales, con sus tejados en S ofrecían un movimiento volado que distinguía unos templos de otros.

     El interior de las iglesias era muy similar, si bien la capacidad económica de los donantes o promotores marcaba muchas veces la diferencia. Es fácil distinguir entre la sencillez de los trazados de la Iglesia del Corpus de las Agustinas o Nuestra Señora del Carmen y la elaboración de San Nicolás o San Miguel, está última iglesia de nueva planta.

     Las pilastras adosadas de órdenes clásicos, las molduras y entablamentos y las balaustradas en los vanos de las segundas plantas eran los recursos decorativos, casi estructurales, de los interiores. Muchas de estas iglesias estarían asociadas a órdenes religiosas por lo que es frecuente que en las plantas superiores se observen las clásicas celosías de madera que permitían a la comunidad monástica seguir liturgias y oficios conservando la discreción de sus votos de clausura.

Sacra Cantero Mancebo

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