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Protección y conservación

Pinares de Sierra Espuña, resultado de una excelente repoblación del cartagenero Ricardo Codorniú

Pinares de Sierra Espuña, resultado de una excelente repoblación del cartagenero Ricardo Codorniú
José Antonio López Espinosa

Entre El Estacio y Veneziola

Rincón al final de La Manga del Mar menor que aún conserva intactos sus arenales, prácticamente como se encontraban en los años 50
José Antonio López Espinosa

Los Martínez del Puerto

Paisaje agrario actual del Campo de Cartagena, donde no queda ni rastro de la vegetación original
José Antonio López Espinosa

El Entredicho
Encina manchega (Quercus rotundifolia)
José Antonio López Espinosa
Marina del Carmolí
Charca , donde crece Ruppia cirrhosa y vive el fartet, rodeada de vegetación de saladar y arenales. Desembocadura de la Rambla de Miranda, en la ribera interna del Mar Menor
José Antonio López Espinosa

    En otros tiempos la flora y vegetación no sólo era un recurso más para las economía local de Murcia sino también, en muchos casos, una de las fuentes importantes de ingresos. Además, el espacio que ocupaban las formaciones vegetales resultaba igualmente muy valioso para la agricultura. Así, los terrenos llanos eran roturados y puestos en cultivo, las pequeñas vaguadas eran aterrazadas y aprovechadas para plantar unos pocos árboles (almendros, algarrobos y olivos, principalmente), etc. Sólo algunos terrenos considerados yermos, como los saladares, o aquellos relativamente inaccesibles, en las montañas o a grandes distancias y aislados, continuaron casi intactos, aunque algunos no por mucho tiempo, como se verá más adelante. La capacidad de intervención del hombre en el medio evolucionaba rápidamente. En cuanto las tecnologías lo iban permitiendo –aunque fuesen inicialmente muy rudimentarias– se modificaba el entorno y la vegetación se transformaba o se eliminaba. Durante años la vegetación natural se verá tan profundamente alterada que actualmente es muy distinta a la de siglos atrás.

    En la época romana se roturaron grandes extensiones para cultivo, principalmente para plantar cereales de secano. Sin embargo, por entonces, incluso antes, un producto natural de los matorrales semiáridos del sureste península abastecía al Imperio. El esparto, que provenía mayoritariamente de Hispania y era recolectado en el denominado Campus spartarius, una zona de extensos espartales entre Hellín (Albacete) y Cieza, había generado un importante comercio que además necesitaba de la conservación del paisaje estepario.

    En el siglo XV y XVI, para la obtención de lentisquina, un aceite de uso doméstico cotidiano, se acotaban al ganado grandes zonas del Campo de Cartagena, y se regulaba el aprovechamiento del producto. Sin embargo, cuando el aceite de lentisquina dejó de ser tan necesario los terrenos de los otrora valiosos lentiscares fueron transformados en campos de cultivo, hasta tal punto que pronto habían desaparecido prácticamente al completo. Sólo en algunos lugares del Puerto del Garruchal y Sucina pueden verse aún grandes lentiscos entre espartales, con coscojas, que recuerdan como tuvo que ser la zona hace varios siglos.

    En la historia regional pueden reconocerse además otros momentos destacados de la vegetación para la población. Se producirán importantes alteraciones y cambios que transformaran el paisaje de forma notable, con la consiguiente pérdida de biodiversidad e incluso extinciones irrecuperables de especies y formaciones vegetales.

    Por ejemplo, durante el siglo XVI las idas y venidas de los moriscos desde el norte de África a las costas murcianas eran continuas y frecuentes, con el objetivo de saquear a sus vecinos europeos. Nuestras costas están salpicadas numerosas torres de vigilancia amuralladas, testigos de ese pasado ya no tan reciente. La Manga del Mar Menor presentaba por entonces espesos matorrales de enebros (Juniperus macrocarpa =J. oxycedrus subsp. macrocarpa) y sabinas de dunas (Juniperus turbinata =J. phoenicea subsp. turbinata), además de un extenso y denso pinar en su comienzo, que las autoridades cartageneras eliminaron para “andar más seguros” y “descubrir las entradas y salidas de los enemigos”. En la actualidad no existen en la zona ni tan siquiera restos reconocibles de esta vegetación original, y sólo se conservan nueve ejemplares relictos de sabina de dunas entre los árboles raquíticos del pinar del Coterillo, en San Pedro del Pinatar. Además, en los años 60 la barra arenosa de La Manga cambia una vez más de fisionomía, urbanizándose a ritmo acelerado, para convertirse en una ciudad, densamente poblada en verano. Estas dos severas agresiones han relegado a la vegetación de arenales que identificaba el lugar a puntos muy concretos; sólo cerca de Veneziola pueden reconocerse con cierto grado de naturalidad.

    El abastecimiento de madera para la construcción de navíos en la industria naval de la ciudad portuaria de Cartagena, en auge en el siglo XVIII, esquilmó los bosques de la Región. Desaparecieron los últimos encinares y grandes extensiones de pinares que antaño poblaban los montes murcianos. Vestigio de esos tiempos, además mejores climáticamente para los encinares, son las chaparras relictuales acantonadas en los roquedos de territorios semiáridos, en El Valle y Calblanque.

    La minería, arraigada en Murcia desde tiempos romanos, transforma el paisaje de numerosos montes de Cartagena, La Unión y Mazarrón durante la última mitad del siglo XX, cuando las explotaciones se realizan principalmente a cielo abierto y las extracciones de mineral son masivas. No sólo las heridas en la sierra y en la costa cartagenera son visibles hoy día, sino que también una especie emblemática fue muy posiblemente diezmada a consecuencia de las actividades mineras. La jara de Cartagena (Cistus heterophyllus subsp. carthaginensis) había sido indicada como abundante en las laderas del Monte Santi Spiritu, a comienzos del siglo XX, prácticamente arrasado en la actualidad. Hasta 1993 se daba por extinguida a esta planta, año en el que se detecta un reducido grupo de ejemplares en la Peña del Águila; desde entonces no ha vuelto a localizarse ninguno más.

    La sociedad española y murciana se moderniza durante el siglo XX, aunque se mantiene aislada social y económicamente durante los años cuarenta y cincuenta. El retraso tecnológico es entonces importante respecto al resto de Europa y el mundo. Así, España, con menos industrias y prácticas agrícolas todavía tradicionales, menos agresivas con el medio ambiente, mantenía aún casi intactos importantes rincones naturales. La Península Ibérica era aún uno de los santuarios de la biodiversidad europea.

    Superada esa época de estancamiento, con la apertura del país al resto del mudo, se descubre el turismo como recurso económico, se dispara el crecimiento urbano y medran las industrias como consecuencia de la mano de obra barata. Resultado de un desarrollo sin control son graves las secuelas para el medio ambiente: el río Segura contaminado, urbanización desmedida, principalmente en la zona costera, etc. Los terrenos salobres y encharcados temporalmente, donde no se ha podido cultivar, son vistos como espacios idóneos para los polígonos industriales, peligrando así formaciones vegetales tan localizadas y raras como los saladares y especies tan singulares como Halocnemum strobilaceum.

    Afortunadamente la adhesión a la Unión Europea supone un punto de inflexión importante en materia conservacionista, no sólo en España, sino también en las Comunidades Autónomas. Desde entonces se ha avanzado mucho en términos de protección en la Región de Murcia.

     Es clave en esta nueva perspectiva la entrada en vigor de la Directiva 92/43/CEE del Consejo de las Comunidades Europeas, relativa a la Conservación de los Hábitats Naturales y de la Fauna y Flora Silvestres (DOCE serie L núm. 206).

    Actualmente, son fundamentales para la protección y conservación de la flora y vegetación en nuestra Región: los Lugares de interés comunitario y el Catálogo de Especies de Flora Silvestre Amenazada de la Región de Murcia.

José Antonio López Espinosa

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