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Historia de Monteagudo

Castillo de Monteagudo

Castillo de Monteagudo

Castillejo de Monteagudo

Castillejo de Monteagudo

Arco almohade hallado en Monteagudo

Arco almohade hallado en Monteagudo

Castillo de Larache en Monteagudo

Castillo de Larache en Monteagudo

  Origen del topónimo de Monteagudo

  El nombre de Monteagudo debe su nombre a las escarpadas laderas en las que se asienta la población. Robert Pocklington señala que algunas fuentes árabes del siglo XI lo describen con la grafía Munt.qüd o Muntaqüd. En la Baja Edad Media, los textos castellanos se referirán a él como Montagut o Monteagudo, procedente del latín Monte Acutum (el Monte Agudo).

  Las fortalezas del Rey Lobo defendieron la Vega murciana

  Aprovechando la convulsión de unos tiempos en los que el Estado almorávide se desintegraba y los almohades iniciaban sus campañas de expansión por territorio peninsular, el mítico y controvertido Ibn Mardanish, conocido por los cronistas castellanos como 'Rey Lobo', se alzó con el poder y se convirtió en soberano independiente de Murcia y de todo el Levante musulmán-español.

  Ibn Mardanish gobernó este pequeño Estado independiente desde 1147 hasta 1172, ofreciendo feroz resistencia a los almohades, quienes no lograrían hacerse con Murcia hasta después de su muerte. Para proteger la Vega murciana y los caminos que unían Murcia con Orihuela, Ibn Mardanish levantó una línea estratégica defensiva y militar formada por el Castillo de Monteagudo, el Castillejo y el Castillo de Larache. En las inmediaciones de dichos baluartes construyó albercas para el regadío. Actualmente se pueden contemplar en Monteagudo estos restos arqueológicos, que son de los más relevantes del Islam medieval de Murcia.

  El Castillo de Monteagudo

  Según el profesor Torres Fontes, las primeras referencias que tenemos de fortificaciones en el Cerro de Monteagudo datan del 1078 / 1079, cuando el recién destronado reyezuelo de Murcia, Abu Abderraman Ibn Tahir, fue encarcelado en una plaza fuerte de la zona. Fue mandado construir por Ibn Mardanish en el siglo XII, en lo alto de un abrupto macizo calcáreo, aprovechando su carácter militar y estratégico. A partir de ese momento se convierte en un castillo urbano, auténtico fortín y atalaya defensiva de los emires murcianos que residían en la ciudad, formando parte de la Almunia Real, también construida por el 'Rey Lobo'.

  En época de inestabilidad, la guarnición permanente del Castillo estaba en disposición de alertar a los defensores de Murcia de la llegada del enemigo, por medio de ahumadas durante el día o de almenaras por la noche. El Castillo se halla dividido en dos espacios: Uno, que rodea la parte inferior del pico y que cuenta con doce torres cuadradas o rectangulares; Otro constituye el Castillo, sin torre del homenaje ni patio de armas, del que se conservan cinco torres en uno de sus lados. Fue declarado Monumento Nacional en 1931.

  El Castillo de Larache

  Se encuentra sobre una aislada colina de 300 metros al Noroeste de Monteagudo, en dirección al Cabezo de Torres. Se conservan restos de la muralla y de los dos cuadrados concéntricos. Según los investigadores, el Castillo de Larache (Hins al Faray) responde a un tipo de edificios, llamado palacio fortificado, que domina una explotación agropecuaria y también se destina al recreo de los emires murcianos.

  Frente a los historiadores que han establecido paralelismo cronológico entre esta fortificación y las de Monteagudo, Cabezo de Torres y Cabezo de Abajo, se alzan aquellos que vierten la teoría de que Larache es una fortificación más tardía que las anteriores, quizás de principios del siglo XIII, destinada a palacio fortificado por los gobernadores almohades, tras el abandono del Castillejo. No obstante parece clara su continuidad como residencia durante la Baja Edad Media, afirmando Díaz Cassou su utilización como mansión señorial hasta finales del siglo XIX. En la fortificación destaca la ausencia total de torres, que contrasta con las fortificaciones islámicas de su entorno. Está declarado Bien de Interés Cultural.

  Monteagudo tras la conquista cristiana

  Tras la conquista cristiana las fortificaciones de Monteagudo fueron reconquistadas por Fernando III 'el Santo' en 1245, quedando bajo el control de la monarquía castellana. A lo largo de sus estancias en territorio murciano Alfonso X, hijo de Fernando III, solía fijar su residencia en Monteagudo, atraído por sus ventajas como enclave estratégico y militar, su cercanía a la capital y su situación en el centro del antiguo reino de Murcia.

  Se conservan documentos reales expedidos en Monteagudo en 1257, cuando fue Corte y morada de Alfonso X. Este punto geográfico se presentaba como la atalaya perfecta desde donde controlar y dirigir la política de Murcia. Aquí se firmaron concesiones territoriales a distintos concejos. En 1268, el Rey Sabio regresa a Murcia para disponer la tercera partición y dona a su esposa doña Violante las parcelas anejas al Castillo de Monteagudo (conjunto con más de 600 tahúllas). Como consecuencia de la rebeldía de la reina, el Real de Monteagudo volvió a la Corona, asignándose a su custodia un alcaide real.

  Tiempo después, siendo Rey Sancho IV pasó el Castillo de Monteagudo a manos de su esposa, doña María de Molina, hasta que Fernando IV se lo cede al Obispo de Cartagena, que toma posesión de la fortaleza en 1321. La importancia estratégica de este Castillo propició pronto su vuelta al poder real, constituyéndose en baluarte en el control de las incursiones oriolanas en la Huerta murciana. El Castillo de Monteagudo también fue un auténtico Castillo fortaleza entre dos reinos rivales: Aragón y Castilla, situación que perduró hasta los últimos años del siglo XV, cuando los Reyes Católicos unieron los reinos y conquistaron Granada.

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