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Exposición. Cajamurcia 2017. Senderos a la Modernidad. Pintura española de los siglos XIX y XX en la colección Gerstenmaier

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Del 03 de febrero de 2017 al 23 de abril de 2017
Inauguración viernes 3 de febrero a las 20 horas.
Horario: lunes a sábado de 11 a 14 y de 18,30 a 21 h., Domingos y festivos: 11 a 14 h.
Visitas guiadas gratuitas: Miércoles de 11 a 13 y de 19 a 21 h.
Reserva previa en el teléfono 968 23 46 47

Lugar: Centro Cultural Las Claras de Cajamurcia

Población: Murcia

El siglo XIX está considerado como uno de los siglos más convulsos de la Historia de España. La invasión napoleónica trajo consigo cambios en el devenir político y social de nuestro país, así como en el ámbito cultural. Estas transformaciones hacen que aparezcan nuevas condiciones para la vida artística que marcarán profundamente su futuro desarrollo. Es por eso, por lo que esa centuria representa una de las épocas más fecundas de la Historia del Arte en nuestro país.

Son años en que los artistas orientaron sus creaciones hacia los movimientos artísticos que se estaban produciendo en los países vecinos, principalmente Francia, los cuales se veían directamente inmersos en unos ritmos más dinámicos, consecuencia del desarrollo industrial y de todos aquellos avances que tuvieron indudablemente consecuencias directas e indirectas para el arte.

En este sentido destaquemos que a comienzos de siglo los pintores neoclásicos eran los protagonistas del ámbito artístico, se acercaban tanto al arte clásico griego como romano y el referente principal era el francés Jacques Louis David. También gozan de una gran importancia los artistas “románticos”, que siguen la estela del Romanticismo, movimiento reforzado dentro de nuestras fronteras por la literatura de los hermanos Bécquer. Por último, durante la segunda mitad de siglo, serán los paisajistas quienes dominen el panorama artístico. En este sentido hay que precisar que el paisaje como genero sufrió una profunda reestructuración en el siglo XIX. Durante años la única forma de alcanzar el éxito era siguiendo fielmente los pensamientos y las doctrinas que se imponían desde la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Lo correcto entonces era atenerse a la estética de carácter “oficial” dictada por los académicos y que apostaba por unos paisajes “intervenidos”. Estas obras poseían una esencia romántica: la realidad como tal no interesaba y el principal objetivo era inmortalizar la influencia que la Naturaleza ejercía sobre las pulsiones de los hombres.

Sin embargo, la concepción realista fue introduciéndose lentamente desplazando a las directrices románticas y luchando contra el academicismo preexistente, gracias en parte a la figura de Carlos de Haes. Este artista, español de origen belga, fue el primer catedrático de la Academia en pintura de paisaje, y la composición de sus obras se basaba en función de lo que quería resaltar, otorgando una gran importancia a la elección del tema, la estación del año o, incluso, a la hora del día. Su cuadro Los Picos de Europa, una de las obras de la colección Gerstenmaier, es un gran ejemplo del dominio plástico de este genial y revolucionario pintor que afirmaba que “el fin del arte es la verdad que se encuentra en la imitación de la naturaleza, fuente de toda belleza por lo que el pintor debe imitar lo más fielmente posible la naturaleza, debe conocer la naturaleza y no dejarse llevar por la imaginación”.

 

El éxito de este pionero dio lugar a una nueva escuela de paisajistas que desarrollaría su actividad durante la mitad del siglo XIX hasta comienzos del XX. A partir de las innovaciones que introdujo Carlos de Haes se produjeron diferentes cambios en la forma de afrontar y, sobre todo, de representar los temas protagonistas de las obras. De Haes se refiere a uno de sus discípulos, Aureliano de Beruete, de la siguiente forma: “Los trabajos que fue realizando durante aquellos ejercicios producían tal sorpresa entre los opositores; los procedimientos de los que se servía eran tan diferentes de los conocidos; tan otra la brillantez de los colores que usaba, que en cierta ocasión hubieron de descerrajar la caja de su uso con el fin de sorprender algo que buscaban como causa secreta de lo que no era otra cosa que el fruto de una enseñanza sabia, basada en el estudio del natural, puesta al servicio de una inteligencia clara y despreocupada, todo ello en contraposición a los métodos inspirados en los amaneramientos de escuela y en  convencionalismos tan al uso entonces en España”. Precisamente, en esta muestra encontramos algunas obras de Beruete quien, tras trabajar junto a su maestro, acerca su estilo aún más al Impresionismo tras su estancia en París. Obras como Orillas de Avia, Grindewald y Murallas de Ávila muestran ese estilo característico y único del pintor. Así, el Impresionismo es otro de los estilos pictóricos que influye a los pintores españoles. Hermen Anglada Camarasa y Darío de Regoyos, quienes, al igual que Beruete, frecuentaron París y se empaparon del espíritu impresionista francés, son los principales representantes de este movimiento en España y todos ellos están presentes en esta muestra.

Paralelamente al paisaje encontraríamos otro género que también alcanzó una gran notabilidad: el retrato. Los cambios sociales y la transformación de las corrientes del pensamiento conllevaron el triunfo de los valores individuales. Esa nueva dimensión de la persona es la que convirtió al retrato en uno de los géneros artísticos más importantes y populares de esa época. Un gran número de pintores demuestran la proliferación de los retratos a través de su producción artística. Pinturas que estarán marcadas por la estela realista hasta culminar en la decadente elegancia característica de finales de siglo y comienzos del XX. En esta exposición disfrutamos de la genialidad del valenciano Joaquín Sorolla, con su “Retrato de señora” así como del inconfundible estilo de otro de los grandes artistas del momento, Ignacio Zuloaga a través de su obra Angustias con mantilla blanca y abanico. En ambas pinturas se observa la supremacía del manejo de las luces y de las sombras, así como del uso del color y, a su vez, vemos la influencia de la tradición retratística española. La importancia de estos artistas llegaba más allá del ámbito pictórico como demuestra esta declaración de Miguel de Unamuno: “De mí se decía que la visión de los lienzos de Zuloaga me ha servido para ‘fermentar’ las visiones que de mi España he colocado en muchas correrías por ella, y que, contemplando esos lienzos he ahondado en mi sentimiento y en el concepto de la noble tragedia de nuestro pueblo, de su austera y fundamental gravedad, de su poso intrahistórico de su alma. Contemplando esos cuadros he sentido lo mucho que tenemos de lo que queda y lo poco de lo que pasa”.

No podríamos olvidarnos de uno de los movimientos artísticos que tuvo también una gran relevancia a principios del siglo pasado: el Modernismo. En la colección Gerstenmaier podremos apreciar obras muy significativas de antiguos asiduos del café “Els Quatre Gats” como Isidre Nonell o Joaquín Mir. Junto a ellos destaca la presencia de Eliseo Meifrén, gran paisajista, con su obra Vista de Barcelona desde el Tibidabo, un bello ejemplo de su personal forma de componer sus creaciones, donde su maestría en la búsqueda de la perspectiva viene marcada por la disposición de la diagonal que orienta la mirada del espectador. Como hemos destacado previamente, hay que resaltar la incorporación del arte de una forma más amplia en la sociedad como así lo demuestra el desarrollo de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, que se gestaron en nuestro país a lo largo del siglo XIX. Era una tendencia que se estaba propagando por Europa tras la Revolución Francesa y de hecho así se pronunciaba Fernández de los Ríos sobre este nuevo tipo de eventos culturales: “la Revolución Francesa redimió al hombre abriéndole una nueva vía en que cada paso quedó señalado con una invención o descubrimiento, y en que la industria, el comercio y las bellas artes salieron de su estancamiento. La Revolución fue también, quizá, respondiendo a una necesidad, consecuencia de aquel desarrollo, y se organizó en 1798 la primera Exposición para celebrar la fundación de la primera República”.

La multiplicación de este tipo de actividades fue un importante nexo de unión entre el arte y la sociedad, aunque en nuestro país no aparecieran con un verdadero espíritu de modernidad hasta la segunda mitad del siglo XIX, momento en que la mentalidad de los españoles está empezando a evolucionar tras aplicarse en mayor medida los principios democráticos de libertad e igualdad.

Todos estos sucesos nos llevan a afirmar de una forma categórica que el siglo XIX fue una época revolucionaria para los artistas que consiguieron derribar todos aquellos muros impuestos por la tradición pictórica. Durante años el peso de la costumbre no permitió que la pintura moderna latente ocupara un lugar prominente en el panorama artístico hasta que por fin llegó el cambio.

Precisamente, todo el público que se acerque a esta exposición podrá disfrutar de la genialidad de los maestros de la pintura española de esos años a través de la colección Gerstenmaier. Hans Rudolf Gerstenmaier, como los grandes coleccionistas de antaño, empezó a coleccionar buscando lo bello, es decir, priorizaba su gusto personal por encima de otras consideraciones. Con el paso del tiempo, la colección se ha convertido en una de las más interesantes e importantes del panorama artístico en nuestro país. Quizá uno de los grandes méritos de este singular y apasionado coleccionista de origen alemán y afincado en España desde hace más de cuarenta años, es que la mayoría de sus obras han sido adquiridas en casas de subastas y anticuarios españoles. Esta circunstancia, ha permitido recuperar piezas que se encontraban en el olvido y, sobre todo, lo que es aún más importante, evitar que algunas de estas obras saliesen de nuestro país para pasar a formar parte de colecciones y museos internacionales. Por eso, este acervo de más de setenta obras supone una oportunidad única para sumergirnos en el arte de nuestro país de finales del siglo XIX y principios del XX y entender así esas décadas revolucionarias que gestarían todos los ismos del siglo pasado.

Marisa Oropesa Comisaria de la exposición

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